En el año 2000, durante el gobierno de Fernando de la Rúa, el escándalo de la “Ley Banelco” expuso cómo se utilizaban depósitos bancarios para convencer a senadores de aprobar la reforma laboral. El ministro de Trabajo, Alberto Flamarique, quedó marcado por la frase “para convencer a los senadores tenemos la Banelco”, y el caso derivó en la renuncia del vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez.
Hoy, las sospechas apuntan a un mecanismo más sofisticado: el uso de pendrives con claves de acceso a billeteras de criptomonedas. La diferencia es crucial. Mientras la Banelco implicaba trazabilidad absoluta en el sistema bancario, el pendrive con cripto permite transferencias millonarias sin dejar huellas claras en el circuito financiero tradicional. La opacidad se multiplica y la corrupción se vuelve más difícil de probar. Quedó al descubierto con el caso de el ExJefe de Gabinete Manuel Adorni.
El riesgo es que jueces y legisladores puedan ser cooptados con aportes digitales imposibles de rastrear. La compra de voluntades se digitaliza, se vuelve más invisible y más impune. Si la Banelco fue símbolo de extorsión institucional, el pendrive con criptomonedas representa la mutación tecnológica de la misma práctica.
La crítica es inevitable, el sistema político argentino parece repetir sus vicios, adaptándolos a las nuevas herramientas. La pregunta es si la Justicia y los organismos de control están preparados para investigar este nuevo formato de sobornos. Sin capacidad técnica ni voluntad política, el pendrive puede convertirse en el emblema de una era donde la corrupción se moderniza, pero sigue siendo la misma.

