Después de años de campaña incendiaria y de un ejercicio del poder marcado por la confrontación, Javier Milei parece haber descubierto que la política no se sostiene solo con discursos de demolición. Tras defenestrar a gobernadores, partidos y legisladores, ahora el oficialismo intenta tender puentes con aquellos a quienes convirtió en enemigos. La salida de Manuel Adorni y la llegada de Diego Santilli al Gabinete son la foto de un giro pragmático: menos gritos, más negociación.
El Presidente, que construyó su identidad política sobre la idea de dinamitar la “casta”, hoy busca un acuerdo electoral con el PRO. El mismo espacio al que acusó de ser parte del problema, ahora aparece como socio potencial para sostener la gobernabilidad y proyectar 2027. La presencia de trece gobernadores en la jura de Santilli fue leída como un gesto de apertura, pero también como la admisión de que el aislamiento terminó siendo un callejón sin salida.
La estrategia incluye recomponer vínculos con los medios, flexibilizar el acceso a la Casa Rosada y bajar el tono de la confrontación. El oficialismo reconoce que la crisis política que derivó en la salida de Adorni afectó la gestión y bloqueó la negociación parlamentaria. Por eso ahora se habla de acuerdos, de consensos y de reformas electorales que, paradójicamente, buscan eliminar las PASO para favorecer al propio Milei en un escenario de oposición fragmentada.
El acercamiento al PRO es la señal más clara de este viraje. Jorge Macri y Mauricio Macri vuelven al radar del oficialismo, pese a que hasta hace poco eran blanco de ataques. La Casa Rosada admite que necesita ampliar su base política y que la confrontación permanente no alcanza para sostener un proyecto de gobierno. El problema es que el giro pragmático llega después de haber dinamitado puentes y desgastado relaciones.
La nueva etapa se presenta como un intento de recomposición, pero también como una contradicción flagrante: el Presidente que prometió destruir la casta ahora busca salvarse con ella. La política argentina vuelve a mostrar que los discursos radicales suelen chocar contra la realidad, y que detrás de la retórica libertaria, Milei termina recurriendo a los mismos actores que juró combatir.

