La falta de extensión del Gasoducto Kirchner expone una contradicción central del modelo energético argentino: mientras Vaca Muerta produce gas en abundancia, el país se ve obligado a importar Gas Natural Licuado (GNL) a precios internacionales disparados por la guerra en Medio Oriente.
El Gobierno no avanzó con las obras de transporte necesarias y trasladó el costo del déficit directamente a la industria. Las fábricas, sobre todo las pymes, enfrentan facturas hasta cinco veces más caras que hace semanas y deben reorganizar turnos, reducir consumo o detener líneas de producción. La UIA y cámaras empresarias provinciales ya hablan de una “ley de la jungla energética”, donde incluso contratos firmes se ven vulnerados.
La paradoja es evidente: Argentina se presenta como potencia gasífera gracias a Vaca Muerta, pero sin infraestructura el recurso queda atrapado en origen. El cuello de botella no está en la producción sino en el transporte, y la demora en la ampliación del gasoducto obliga a importar unos 23 barcos de GNL a valores que duplican o triplican los de años anteriores.
El Gobierno priorizó el abastecimiento residencial para evitar un impacto inflacionario en las tarifas de los hogares, pero dejó a la industria absorber el costo del gas importado. La decisión responde a la lógica del equilibrio fiscal: no subsidiar y no trasladar a las familias, aunque eso implique golpear la competitividad de las empresas.
El resultado es un escenario crítico: industrias intensivas en energía como la cerámica, los materiales de construcción o la metalurgia enfrentan sobrecostos que ponen en riesgo su continuidad. La sustitución por combustibles líquidos para generar electricidad eleva también el precio de la energía eléctrica, multiplicando el impacto.
La crítica es clara: la ausencia del Estado en áreas estratégicas como la infraestructura energética convierte a un país con reservas abundantes en un importador caro y dependiente. El Gasoducto Kirchner debía ser la obra que liberara el potencial de Vaca Muerta, pero su parálisis refleja un modelo que ajusta por la industria y resigna desarrollo productivo.

