Por Oscar Meza
El Mundial 2026 quedó atravesado por la política, la geopolítica y las disputas que siguen abiertas en pleno siglo XXI. La semifinal ante Inglaterra volvió a colocar a Malvinas en el centro de una escena global y dejó una imagen que, para muchos argentinos, tuvo un valor histórico.
Durante días se repitió que Argentina-Inglaterra era “un partido más”. Quienes lo dijeron sabían que no era cierto.
No fue un partido más. Tampoco este es un Mundial más.
La política y la geopolítica estuvieron presentes desde el comienzo, favorecidas por una FIFA que permitió que los intereses del país anfitrión ingresaran de lleno en la competencia. Estados Unidos, con Donald Trump como presidente, mostró una capacidad de injerencia difícil de separar del clima internacional que rodeó al torneo.
En ese contexto, Argentina volvió a encontrarse con Inglaterra. Y por más que algunos intenten reducirlo a noventa minutos de fútbol, Inglaterra continúa ocupando las Islas Malvinas. Es una potencia colonial en pleno siglo XXI. La propia Organización de las Naciones Unidas ha reconocido la existencia de una disputa de soberanía y ha reclamado durante décadas que ambos países retomen las negociaciones.
Por eso el partido tenía una carga histórica imposible de ocultar.
El fútbol también expresa la historia de los pueblos
Las Malvinas estuvieron presentes antes, durante y después del encuentro. También estuvieron presentes los pueblos que conocen la dominación británica y que, por distintas razones históricas, sintieron simpatía por Argentina.
Escocia mantiene desde hace siglos una identidad propia frente a la Corona británica. En Bangladesh, India y otros países que fueron parte del dominio colonial británico, la Selección argentina despierta una adhesión que supera ampliamente lo deportivo.
El fútbol funciona de esa manera. Expresa historias, identidades, resistencias y afinidades que muchas veces la diplomacia formal intenta esconder.
Argentina volvió a ganar dando vuelta un partido, como ya había ocurrido frente a Egipto. La remontada ante Inglaterra tuvo otra dimensión. La victoria fue deportiva, pero también emocional, histórica y política.
Una bandera que dijo más que muchos discursos
Lo que más me conmovió ocurrió después del partido.
Los jugadores argentinos desplegaron una bandera con una consigna inequívoca sobre la soberanía argentina en Malvinas. Lo hicieron en el centro del principal escenario futbolístico del mundo, pese a las restricciones impuestas alrededor de ese símbolo.
Ese gesto me honró, me alegró, me enorgulleció y me hizo llorar.
Este grupo de jugadores nos había acostumbrado a competir, a jugar bien y a defender la camiseta con corazón. Esta vez avanzó un paso más. Se plantó frente a una prohibición y expresó lo que siente una parte inmensa del pueblo argentino.
La imagen también dejó expuesto al Gobierno nacional. Mientras funcionarios argentinos aceptaban restricciones sobre las banderas de Malvinas, los jugadores hicieron exactamente lo contrario. Tomaron una posición clara y dejaron en evidencia la distancia que existe entre una política exterior subordinada y el sentimiento histórico de nuestro pueblo.
Fue un golpe político y simbólico. Un verdadero sopapo para quienes pretendían que Argentina jugara contra Inglaterra como si la historia no existiera.
Ganó el fútbol de los pueblos
Ese día también ganó el fútbol nacido en la calle, en los potreros y en los barrios.
Ganó el fútbol entendido como expresión popular, por encima del negocio, de los reglamentos utilizados selectivamente y de los intereses de las grandes potencias.
Inglaterra tiene una relación central con la historia de este deporte. Sin embargo, perdió frente a un país que todavía reclama una parte de su territorio ocupada por el Reino Unido.
El domingo habrá una final frente a España y será otro partido importante. Pero para mí, el gran partido argentino de este Mundial fue el de Inglaterra.
Argentina ganó en la cancha, levantó una bandera prohibida y recordó ante el mundo que las Malvinas fueron, son y serán argentinas.
Quienes llevamos los colores celeste y blanco en el corazón tenemos motivos para estar orgullosos.

