Por: Gustavo Galli (UNaHur- UNRN- UNIPE)
Cuando se difunden los resultados de las pruebas educativas estandarizadas, los titulares se quedan siempre en el catastrofismo educativo pero en muy escasas ocasiones ingresan en el análisis la “realidad” de esos sistemas.
La preocupación mediática por la educación tiene picos de rating que se alcanzan en general por dos motivos: cuando se producen cambios que buscan transformar cuestiones que tienen que ver con matrices fundacionales escolares y provocan las reacciones conservadoras de quienes a su vez dicen que todo está mal y tiene que haber modificaciones, actualizaciones, innovaciones. Sería algo así como que cambie sin cambiar. Otro momento de tapa de portales viene con los resultados de las evaluaciones estandarizadas. Las Pruebas Aprender son un anticipo pero lo más atractivo viene con PISA porque nos compara con China, Singapur y Japón cuyas realidades, por supuesto, son muy parecidas a la Argentina. Innegable. Evidente.
De todos modos cuando la comparación se realiza con países latinoamericanos todo parece igualarse. Porque esto supone que esta tabla de posiciones compara “cosas más o menos parecidas”. Seguramente habrá que seguir estudiando las políticas virtuosas de los países latinoamericanos. Lo curioso es que los titulares se quedan siempre en el catastrofismo educativo pero en muy escasas ocasiones ingresan en el análisis la “realidad” de esos sistemas educativos y sus estudiantes, su historia, el financimiento, la estructura social de los países y las definiciones políticas que hacen que uno de los reflejos de todo eso junto sea un puntaje que indica catástrofe.
La presentación de los resultados de PISA es una muestra interesante sobre cómo los números y los titulares pueden fundirse en una ecuación que se presta para esconder el todo. O mejor dicho que encaja de maravillas en la época en que vivimos, en sus códigos, en su manera de construir la realidad (Consejo: leer los informes completos y poner en suspenso la “tabla de posiciones”, a veces ayuda a salir de ciertas trampas discursivas. Por ejemplo en el informe anterior se explicaron los efectos de la pandemia -que aún persisten- en los aprendizajes de matemáticas a partir de la complejidad que estos suponen para adquirirse en clases no presenciales y de forma casi autónoma).
Se publican los resultados de PISA y al unísono los medios tradicionales, los programas de la tarde, las redes y los grandes portales desatan la tormenta perfecta. Lo que hay que destacar es que en el mejor sentido foucaltiano PISA, a lo largo de estos años, se ha convertido en un “regímen de verdad”. A fuerza de presión política, mediática, y por qué no de tuiteros de teclado fácil para el pensamiento simple, se ha convertido en la única definición que describe la situación de los aprendizajes y por ende la calidad de la enseñanza en los sistemas educativos. Es un discurso que se impone como el único verdadero y descarta (esconde) cualquier otra interpretación.
Pero nada de esto termina siendo tan importante. Sí creo que es necesario marcar algunas contradicciones en la construcción de los discursos. Vivimos un renacer de cierto positivismo a partir de la centralidad de los datos, la estadística y las mediciones (no niego su importancia, si cuestiono su lugar como única explicación de los diagnósticos y en la fundamentación de las políticas) a través del latiguillo –ya agotador- “basado en evidencias”. Esa remanida frase que pareciera debe acompañar todo anuncio de política educativa que se pretende “eficaz” y “eficiente”, no es más que una muestra del neopositivismo instalado en las mediciones que diagnostican pero no transforman.
Encontramos que estas “evidencias” no son tan neutrales, ni tan incuestionables, ni tan evidentes cuando el gobierno nacional festeja grandes logros de las Pruebas Aprender (ciertamente dudosos en las dimensiones y en los tiempos) semanas antes de que los mismos funcionarios se desliguen de las responsabilidades que sí les corresponden para salir ilesos de la catástrofe “eduKativa”. Los números no cierran y no es tan complejo, resulta de tomar la edad de los estudiantes evaluados (15 años) y restarle 10 u 11 años de educación obligatoria. Se supone que han empezado la sala de 4 años en 2014, la primaria entre 2015 y 2016. Iniciaron la primaria con el macrismo. Altos funcionarios que calculan mal y no alcanzarían los conocimientos básicos de matemática. Una pena que no se mida la eficacia en el recorte presupuestario, nadie les quitaría el vergonzante primer puesto.
Pero dando un paso más en el análisis me interesa recuperar una idea del prestigioso investigador y docente Ricardo Baquero cuando habla (en referencia a la enseñanza y los aprendizajes) de “la falacia de la abstracción de la situación”. Esto significa el aislamiento de la escena educativa de la realidad en que sucede, atribuyendo los exitos y los fracasos a los sujetos, estudiantes y educadoras/es. Este concepto es extrapolable al tema en cuestión. La Nación titula el 9 de septiembre que el 28% de los estudiantes argentinos trabaja. Que el mismo porcentaje tiene alto ausentismo y que ese ausentismo tiene un componente socioeconómico.
Estos datos se ven reflejado en el cuartil socioeconimco más bajo, en el que se dan también las tasas más altas de repitencia. ¿Nada tiene que ver la pauperización extrema de la economia familiar? ¿No hay en las ausencias motivos relacionados a las tareas de cuidado, a la búsqueda de la sobrevivencia en una sociedad cada vez más despezada por las políticas “anarcocapitalistas”? ¿No influyen los recortes presupuestarios que llevaron el presupuesto educativo nacional a la mitad respecto de 2015 agravados por la subejecución presupuestaria que disminuye aún más el financimiento educativo? Dicen que el problema fue distribuir. ¿Será que no distribuir absolutamente nada mejora el sistema educativo? ¿Tendrán “evidencias” de la eficacia de la no distribución?
Por último, Eva Illouz nos muestra cómo la posverdad se apoya en lo sensible, no importa la verdad porque lo que realmente tiene eficacia es jugar con las emociones como formas rápidas del pensamiento. El sistema educativo tiene problemas. Es innegable. Pero es importante comprender el problema en su complejidad. Salir de las emociones que llevan al pensamiento que todo lo simplifica, reponer la situación de la profunda desigualdad para la caracterización del problema, mejorar las condiciones de enseñanza que es también mejorarle la vida cotidiana a la gente. Hay otros problemas que corresponden al sistema educativo y no hay que ocultarlos, hay que enfrentarlos con decisión. Pero lo “evidente” es que el problema que tenemos no lo resuelve sólo la política educativa. Que tome nota la polítitca económica, Que se enteren las políticas sociales. No alcanza con PISAr la realidad cuando se expresa cruelmente por todos lados.
La entrada "PISAr la realidad" se publicó en Tiempo Argentino.

