El fallo del Tribunal Oral Federal de Corrientes que condenó a los integrantes de la organización narcocriminal liderada por Saúl “Vintu” Maciel no solo cierra un expediente judicial: expone la fragilidad de las instituciones encargadas de combatir el delito.
La sentencia incluyó a dos efectivos de la Policía de Corrientes, Luciano Vallejos y Luis “Batata” González, cuya participación dentro de la banda marca un quiebre en la confianza ciudadana hacia la fuerza. Vallejos, que había ocupado cargos vinculados a la lucha contra el narcotráfico, fue hallado culpable de tráfico ilícito de estupefacientes y tenencia ilegítima de armas. González, por su parte, recibió condena por portación ilegal de armas.
La investigación, iniciada en 2022, reveló cómo la estructura criminal operaba con ramificaciones en Corrientes y Chaco, y cómo la connivencia de agentes estatales permitió sostener el circuito de comercialización de cocaína y marihuana.
El caso desnuda un problema de fondo: cuando quienes deberían garantizar seguridad se convierten en parte del delito, la frontera entre Estado y crimen se diluye peligrosamente. La condena de Vallejos y González no es solo un dato judicial; es un síntoma de la penetración del narcotráfico en las instituciones.
Además de Maciel, fueron sentenciados otros integrantes de la organización, entre ellos Ubaldo Martín Valdez, Cristian Robert Baldoni, Marcos Manuel Luque, Susana Beatriz Muñoz, Jorge Maximiliano Maciel, Braian Gonzalo Acuña y Marcelo Alejandro Lhotak.
La resolución judicial marca un precedente, pero también deja planteado un desafío: ¿cómo reconstruir la credibilidad de las fuerzas de seguridad cuando sus propios miembros aparecen del lado del crimen?

