Desde este miércoles rige un nuevo aumento del transporte urbano en el Gran Resistencia: el boleto pasa a $1.885. El salto es fuerte: venía en $1.300 y ahora sube a $1.885 (alrededor de 45% más).
No es una discusión “de planillas”. Es una decisión que impacta todos los días: para trabajar, estudiar, ir al médico o hacer trámites. Y en un momento en que a la mayoría le cuesta llegar a fin de mes, este tipo de aumentos no se sienten como una actualización normal: se sienten como un golpe.
Cuánto se encarece moverse todos los días
Para entender lo que significa, alcanza con hacer cuentas simples.
Si una persona hace 2 viajes por día (ida y vuelta) y se mueve 22 días al mes:
- Ahora: 2 x $1.885 = $3.770 por día → $82.940 al mes.
- Antes: 2 x $1.300 = $2.600 por día → $57.200 al mes.
La diferencia es de $25.740 más por mes, solo para ir y volver. Y eso sin sumar viajes extra (turnos médicos, escuela de los chicos, trámites, changas). En hogares donde viajan dos o tres personas, el costo se multiplica rápido.
“Hay subsidios”, pero igual paga la gente
El Gobierno provincial sostuvo que mantiene el sistema con más de $1.800 millones mensuales en subsidios. También se mencionó una “tarifa técnica” bastante más alta (se habló de $2.936) como argumento de costos.
Pero el dato central es este: aunque existan subsidios, el aumento igual lo termina absorbiendo el usuario. Y no cualquiera: lo paga, sobre todo, quien no tiene auto, quien vive lejos, quien depende del colectivo porque no le queda otra. Esa es la parte más injusta del aumento: no pega parejo, pega donde más duele.
Subir sin mejorar el servicio es pedirle paciencia al que ya no la tiene
Cuando un precio sube así, lo mínimo que la gente espera es ver una mejora clara: más frecuencia, colectivos que pasen cuando tienen que pasar, unidades en condiciones y menos incertidumbre. Si eso no aparece, el mensaje queda resumido en algo bastante simple: “pagá más por lo mismo”.
Y eso empuja a que muchos busquen alternativas cuando pueden: compartir viajes, motos, remises o apps. No porque sea “la moda”, sino porque la gente hace cuentas y también quiere llegar a horario y viajar con algo de previsibilidad. El problema es que cuando el colectivo pierde pasajeros, el sistema se vuelve todavía más frágil y termina en el mismo ciclo de siempre: menos usuarios, más presión para volver a aumentar.
Un aumento que debería discutirse de cara a la gente
El aumento ya está en marcha. La pregunta no es solo “cuánto cuesta” sino “qué recibe la gente a cambio”. Porque si el boleto sube a $1.885, la discusión pública debería incluir compromisos concretos y medibles: frecuencia real, cantidad de unidades en la calle, horarios cumplidos y un plan para que el transporte no sea un lujo.
En una provincia donde moverse es una necesidad, no un capricho, el transporte público no puede tratarse como si fuera un gasto más que se ajusta y listo. Si el boleto sube, la gente tiene derecho a exigir algo muy básico: que el servicio esté a la altura de lo que le están cobrando.

