Por Oscar Meza
En estos días, varias fuentes fidedignas han ido adelantando cómo cerraron los números finales del escrutinio definitivo de las elecciones de medio término, y lo que aparece allí desmiente esa idea tan difundida, tan entusiastamente repetida por los medios oficiales, de que hubo un “rotundo triunfo” de La Libertad Avanza en todo el país. No, no fue así. Y vale la pena decirlo con todas las letras.
Nueve provincias para el justicialismo, seis para La Libertad Avanza
Mientras algunos se apuraban a “pintar de violeta” el mapa de la Argentina, el escrutinio definitivo fue corrigiendo lo que ya se intuía: en varias provincias los márgenes eran mínimos y quedaban sujetas a lo que dieran las actas finales. Eso fue lo que pasó.
Según esos datos, que vienen de fuentes considerablemente fidedignas, nueve provincias terminaron con triunfo del justicialismo y seis provincias quedaron para La Libertad Avanza. Es decir: el mapa es bastante más matizado de lo que se quiso instalar la noche de la elección.
Yo lo dije apenas 24 horas después del 26 de octubre, cuando ya algunos hablaban de derrotas “rotundas” en todos lados. No era correcto presentar así el resultado, ni a nivel nacional ni en el Chaco. Acá mismo, en nuestra provincia, el resultado fue 45,9 contra 45,3. Muy peleado, muy discutido.
Y cuando uno mira más fino, aparecen otros datos que también dijimos en su momento: de las diez listas que se presentaron en el Chaco, siete se identificaban, de una u otra manera, con la oposición a Milei y, en tiempos no tan lejanos, con el frente justicialista provincial. Seis de esas listas, que no eran Fuerza Patria, sumaron juntas entre 40.000 y 45.000 votos. Frente a eso, Zdero ganó por apenas 3.400 sufragios.
El Chaco, entonces, no es una provincia que “se dio vuelta” de manera aplastante. Pudo haberse dado vuelta en el escrutinio definitivo, pero no ocurrió. Lo que sí ocurrió, a nivel nacional, es que en cinco provincias los resultados se revirtieron cuando terminaron de contarse los votos. Y eso explica por qué hoy tenemos nueve provincias donde ganó el justicialismo y seis donde se impuso La Libertad Avanza.
Un caso emblemático es la provincia de Buenos Aires, donde La Libertad Avanza terminó ganando por menos de 20.000 votos. Eso es menos del 0,5 % del total de sufragios emitidos. Que nadie me diga que ese margen habilita a hablar de “triunfos arrolladores”.
Quién tiene la primera minoría en el Congreso
No se trata solo de un debate semántico sobre si hubo triunfo “rotundo” o no. Estos números importan porque lo que se eligió es la composición del Congreso, y en un país que todavía funciona bajo un régimen republicano, el poroteo legislativo sigue siendo decisivo.
El escrutinio definitivo muestra que en la Cámara de Diputados el justicialismo, o Fuerza Patria, el frente que se referencia en el Movimiento Nacional Justicialista, tiene 99 diputados. La Libertad Avanza, por su parte, alcanza los 80.
En el Senado pasa algo parecido: el justicialismo llega a 28 senadores y La Libertad Avanza a 18. Para cualquiera que sepa sumar, esto significa algo sencillo: la primera minoría, o primera mayoría, como quieran llamarla, sigue siendo el Movimiento Nacional Justicialista.
Por eso dije desde el primer momento que no correspondía hablar de “rotundo triunfo” de La Libertad Avanza. Ganaron por poco, preocupantemente poco para el campo nacional, popular y democrático, pero por poco al fin. Y si queremos discutir en serio lo que viene, lo primero es no comprar el relato de una ola violeta que arrasó con todo, porque los números dicen otra cosa.
Autocrítica, campo nacional y un acuerdo indigno con Estados Unidos
Todo esto que señalo no anula, en lo más mínimo, la necesidad de hacer autocrítica. Lo reafirmo con fuerza: el campo nacional, popular y democrático tiene la obligación de mirarse al espejo con humildad. Perdimos, y los números que hoy comentamos son, al mismo tiempo, un llamado de atención y una advertencia.
La derrota no es mérito exclusivo de La Libertad Avanza. En gran medida es consecuencia de malas decisiones que se tomaron desde nuestro propio espacio. Falta de unidad, errores en la política de alianzas, incapacidad para construir una propuesta convincente para amplios sectores del pueblo argentino. Eso también hay que decirlo y sostenerlo, no solo cuando duele el resultado, sino cuando repasamos los datos fríos del escrutinio.
¿Por qué es tan importante quién tiene la primera minoría en el Congreso? Porque ahí se define, entre otras cosas, si se aprueban o no convenios como el que se está firmando entre Argentina y Estados Unidos. Ese famoso acuerdo que se presenta como un gran logro y que, a la luz de lo que se conoce públicamente, es profundamente humillante y vergonzante para nuestro país.
Estamos hablando de un convenio que, lejos de cuidar la dignidad nacional, parece escrito para que la Argentina acepte condiciones desiguales en el intercambio comercial, en la regulación del flujo de productos, en las reglas de juego que rigen la relación entre ambas economías. En vez de pelear por términos claros y equitativos, el gobierno de Javier Milei y su entorno se apuran a firmar algo que luce denigrante para nuestra soberanía.
Y aquí vuelvo al punto: las bancas en Diputados y en el Senado no son un detalle técnico, no son solo números que se discuten en una planilla de Excel. Esos porotos son los que permiten o impiden que se aprueben acuerdos que pueden ser estratégicamente beneficiosos o profundamente dañinos para la patria.
Por eso insisto en dos ideas que parecen contradictorias, pero que en realidad se complementan. La primera: no hubo un “rotundo triunfo” de La Libertad Avanza; los números finales dicen que el justicialismo conserva la primera minoría y que el mapa político está lejos de ser homogéneo. La segunda: pese a eso, el campo nacional, popular y democrático necesita muchísima más humildad, más unidad y más autocrítica, porque perdió una elección clave y porque hoy tenemos un gobierno dispuesto a rifar soberanía sin ponerse colorado.
Si algo nos enseñan estos resultados es que cada voto cuenta, cada banca cuenta y cada retroceso en materia de dignidad nacional se paga caro. Nuestro desafío, desde el Movimiento Nacional Justicialista y desde todo el campo nacional y popular, es estar a la altura de esta hora: defender la representación parlamentaria que todavía tenemos, frenar los atropellos cuando sea posible y reconstruir una alternativa política que vuelva a poner en el centro el desarrollo interno, la justicia social y el respeto por la soberanía argentina.

