Resistencia Cargando temperatura...
mayo 2, 2026

Editorial: Resistencia, entre veredas rotas y tránsito caótico

Falta de respeto mutuo y control inexistente

Resistencia presume de veredas amplias, especialmente en el macrocentro, donde los cinco metros de ancho deberían garantizar comodidad y seguridad para el peatón. Sin embargo, esa amplitud es una ilusión: caminar por la ciudad es un desafío, y para quienes padecen dificultades motrices, directamente un riesgo.

La vereda de Güemes al 216 es un ejemplo contundente: baldosas sueltas, tramos de tierra, ondulaciones que convierten el trayecto en un obstáculo insalvable. Allí, un abuelo con andador enfrentó un recorrido más parecido un campo de batalla que un simple paseo. A pocos metros, en Güemes al 298, la situación se repite. Y basta imaginar un día de lluvia para comprender que el peligro se multiplica.

Pero no es solo la destrucción. También hay veredas donde bares y confiterías extienden sus mesas, sillas y macetas sobre cuatro metros del espacio público, dejando apenas un pasillo angosto para que circule una persona. Una apropiación gratuita del espacio común que limita la movilidad y expone la falta de control municipal.

El problema se extiende a las calles. Semáforos tapados por ramas, tiempos de luz verde insuficientes —como en Piacentini y Evaristo Ramírez, donde apenas tres o cuatro vehículos logran cruzar— y equipos fuera de servicio en cruces estratégicos como Piacentini y avenida Chaco. A las 12 del mediodía, gran parte de los semáforos se reducen a una luz amarilla intermitente, incluso en avenidas céntricas donde nunca deberían apagarse. El tránsito se ha convertido en una selva donde las normas no se respetan y la autoridad municipal parece ausente.

Las motocicletas son la postal cotidiana del desorden: familias enteras en un mismo vehículo, sin casco, sin luces, desafiando semáforos en rojo. El resultado es previsible: accidentes que saturan las guardias hospitalarias y que podrían evitarse con educación vial y controles efectivos.

La experiencia personal de un familiar con ACV, cuya atención se demoró dos horas por la llegada simultánea de accidentados en moto, ilustra el costo humano de este desorden. Una hemiplegia evitable se transformó en una secuela de cinco años. No es un relato aislado: es la consecuencia de un sistema que se desborda por urgencias que no deberían existir.

Resistencia necesita orden. No se trata de ganar elecciones y ocupar cargos; se trata de asumir la conducción de la ciudad con responsabilidad. Intendente, secretarios, directores, concejales y empleados comunales deben comprender que gobernar implica garantizar el cumplimiento de las normas comunitarias, educar a la población y prevenir el caos.

Prevenir y educar no es un lujo: es un ahorro económico, social y humano incalculable. La ciudad exige que sus autoridades se pongan las barbas en remojo y enfrenten el desorden con decisión. Porque cada vereda rota, cada semáforo apagado y cada moto sobrecargada son una amenaza directa a la vida de los vecinos.