Cerró una histórica textil y dejó 260 familias a la deriva
La crisis industrial volvió a golpear con fuerza al entramado productivo argentino. La empresa textil Emilio Alal, fundada en 1914, confirmó el cierre definitivo de sus plantas de hilados y telas y dejó en la calle a 260 trabajadores, en un contexto de derrumbe del consumo, apertura indiscriminada de importaciones y abandono total del sector por parte del Estado.
La firma justificó la decisión en la “inviabilidad” de continuar operando bajo las actuales condiciones económicas. Detrás de esa formulación técnica se esconde una realidad brutal: décadas de experiencia, mano de obra calificada y un rubro estratégico empujados al abismo por un modelo que privilegia productos importados y castiga la producción nacional.
Alberto Vallejos, con 23 años de antigüedad en la empresa, describió el impacto humano del cierre. Contó que los trabajadores se enteraron de los despidos de un día para el otro, a través de telegramas, sin instancias previas de diálogo ni alternativas. “Es un golpe muy duro para toda nuestra familia. De golpe y porrazo nos dijeron que ya no pertenecíamos más a la empresa”, relató.
El panorama laboral es desolador. La industria textil atraviesa una contracción profunda y sostenida, lo que hace prácticamente imposible la reinserción de quienes quedaron afuera. “Acá está todo muerto. No hay otras textiles a donde ir. Ya no existe eso de salir de una fábrica y entrar en otra”, resumió Vallejos, poniendo en palabras lo que muestran los datos.
Según la Federación de Industrias Textiles Argentinas, en octubre de 2025 la actividad cayó un 24% interanual, muy por encima del promedio industrial. Solo entre septiembre y octubre se perdieron miles de puestos de trabajo, y desde diciembre de 2023 la destrucción de empleo formal en el sector ya supera los 16.000 puestos. El cierre de Emilio Alal no es una excepción: es parte de un desmantelamiento más amplio.
A la angustia por la pérdida del empleo se suma el maltrato. Los trabajadores denuncian que la empresa pretende pagar solo el 50% de las indemnizaciones correspondientes. “Cumplimos siempre, nos pusimos la camiseta, y ahora nos dan la espalda”, afirmó Vallejos, que además debe enfrentar la difícil tarea de explicarles a sus hijos que el ingreso familiar desapareció de un día para otro.
Mientras tanto, aparecen declaraciones tardías de dirigentes políticos “interiorizados” en el tema, sin soluciones concretas ni respuestas inmediatas. Para los trabajadores, el cierre dejó una certeza amarga: las políticas económicas no son abstractas ni neutras. Tienen nombres, consecuencias y víctimas concretas.
Son 260 empleados despedidos. Detrás de cada uno, una familia. Y un sector industrial que, una vez más, paga el costo de un modelo que considera prescindible a la producción y a quienes viven de ella.

