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abril 20, 2026

El caos del tránsito en resistencia, sigue creciendo.

El tránsito en Resistencia atraviesa una crisis estructural que se expresa a diario en cifras alarmantes, desorden urbano y una creciente sensación de inseguridad vial.

Durante 2025 se registraron más de 500 siniestros viales mensuales con personas lesionadas, un número que no sólo resulta elevado sino que además mantiene una tendencia ascendente, sin que hasta el momento se advierta un punto de inflexión.

El escenario se agrava por una combinación de factores que se retroalimentan. La sobrepoblación de motocicletas es uno de los rasgos más visibles del problema. Miles de motos circulan a diario, muchas de ellas sin cumplir las normas mínimas de seguridad: el uso del casco es irregular, se observan familias completas trasladándose en una sola moto y no es excepcional ver niños ubicados en el tanque de combustible y padre madre y hermana/o atras, además de no llevar protección alguna.

Estas prácticas, normalizadas en la vía pública, elevan de manera exponencial el riesgo de lesiones graves o fatales.

La infraestructura vial tampoco acompaña el crecimiento del parque automotor. Las avenidas principales se encuentran saturadas, el centro de la ciudad vive un colapso casi permanente y los pocos semáforos, fuera de servicio o mal sincronizados, profundizan el caos. El diseño urbano, pensado para una ciudad con un volumen vehicular muy inferior al actual, quedó claramente desbordado.

A este cuadro se suma la crisis del transporte público. La deficiencia del servicio obliga a miles de ciudadanos a recurrir a medios de transporte propios, muchas veces precarios o inseguros, como única alternativa para cumplir con sus actividades diarias. La falta de una opción confiable y accesible empuja al crecimiento desordenado del tránsito y multiplica los puntos de conflicto en la vía pública.

La cultura vial constituye otro eje crítico. El incumplimiento reiterado de normas básicas —prioridades de paso, límites de velocidad, uso de elementos de seguridad— refleja una combinación de ausencia de controles sostenidos, falta de educación vial y una tolerancia social peligrosa frente a conductas de alto riesgo. Los inspectores de transito estan mas abocados a cobrar estacionamiento medido que una multa por un semaforo en rojo, o circulacion de noche sin luces.

Desde el Municipio se implementaron medidas de mitigación que incluyen controles intensificados por parte de la Dirección de Tránsito, con foco en el uso obligatorio de casco, la verificación de documentación y el secuestro de vehículos en infracción, pero eso solo no alcanza.

También, desde el municipio informan que se llevan adelante operativos de concientización que, según se informa oficialmente, buscan promover un cambio cultural y no limitarse a una lógica recaudatoria. Entre las prioridades declaradas se encuentran el control de menores en motocicletas y el ordenamiento del tránsito en zonas de alta circulación.

Sin embargo, los resultados siguen siendo insuficientes frente a la magnitud del problema. El crecimiento vehicular sin planificación, la precariedad del transporte público y la persistente falta de cumplimiento de las normas mantienen a Resistencia en una situación crítica. Sin una política integral que combine infraestructura, educación vial, transporte público eficiente y controles sostenidos en el tiempo, la crisis del tránsito amenaza con profundizarse y seguir cobrando víctimas en las calles de la ciudad.

No debemos olvidar el costo del servicio de salud por cada accidente en la via publica, que no solo implica un costo adicional al hospital, sino que ocupa vacantes de pacientes que tienen problemas serios de salud, llenar la guardia del hospital con 4 accidentados en motos al mismo momento y que haya una persona con un paro cardiorespiratorio, o un ACV, que debe esperar para ser atendida, y en esos dos pequeños ejemplos, el tiempo es vital.

Un herido en accidente de moto, es tambien un paciente, pero que por no seguir normas de transito, persigue el peligro y genera la situacion, y al ser un comportamiento generalizado y hasta normalizado, el costo en salud y el riesgo para todos es alto.