Por Oscar Meza
No me faltan ganas de estar caminando por la Quebrada de Humahuaca, respirando otro aire, pero acá estamos, en este tiempo raro, pesado, que nos tocó vivir. Todas las semanitas se hacen pesadas. En medio de eso, sostengo dos cosas: hay que resistir y hay que mantener la esperanza de que el pueblo tenga la capacidad de cambiar esta situación. Yo sigo creyendo en eso. Yo tengo fe.
Piratas del Caribe, versión siglo XXI
Quiero arrancar por lo que pasó en el Caribe, porque no es una anécdota pintoresca, es un símbolo de época. Ayer, en pleno siglo XXI, tomaron y capturaron un barco como lo hacía el capitán Garfio, como lo hacían los piratas ingleses en el siglo XVII, XVIII, XIX. Eso sucedió ayer, no en un libro de historia, en el mar Caribe actual.
Y lo más grave no es solo el hecho en sí, sino la obscenidad política: el presidente de Estados Unidos, responsable directo de esa acción, salió media hora más tarde a contárselo al mundo con orgullo, a decir públicamente que ellos tienen la capacidad de hacer eso. No es que lo hicieron pidiendo disculpas, lo hicieron con soberbia imperial.
Sigo teniendo fe en que Simón Bolívar, San Martín, Dorrego y tantos otros no han muerto porque sí. En algún lugar de nuestra sangre latinoamericana siguen estando. Después, con la misma honestidad, hay que reconocer que Maduro también comete errores, y muchos. Soy opositor al régimen de Maduro, creo que ha cometido errores gravísimos y que está llevando al pueblo venezolano a una lucha que muy probablemente va a costar sangre de venezolanos.
Pero una cosa es criticar a Maduro y otra es mirar para otro lado cuando una potencia se permite robar barcos y anunciar por televisión que también se va a quedar con el petróleo. Eso es piratería moderna, sin antifaz ni parche en el ojo. Y ante eso, el silencio o la tibieza de muchos dirigentes y de muchos medios también es parte del problema.
Reforma laboral y memoria del movimiento obrero
En este contexto mundial, preocupa profundamente lo que se está cocinando con la reforma laboral en la Argentina. Es muy grave el proyecto que anda dando vueltas. No es un detalle técnico, es un intento de cambiar la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo en perjuicio del trabajador.
Sin embargo, no desaparece la convicción de que la gente va a reaccionar. Y cuando se habla de “gente”, se piensa primero en el hombre y la mujer de trabajo, en quien se levanta todos los días a las cinco de la mañana para ir al laburo, para ganarse el pan. Esa presión, la del trabajador de todos los días, es la que, tarde o temprano, va a empujar a las conducciones sindicales a moverse.
Porque una cosa hay que decirla con todas las letras: los conductores de los gremios, de las confederaciones, de la CGT, no son tontos. Se podrán equivocar, podrán estar cómodos, podrán haberse “institucionalizado” demasiado, pero estúpidos no son. Cuando vean peligrar seriamente sus cargos, cuando sientan que la bronca de abajo les empieza a golpear la puerta, se van a mover.
Y ahí aparece algo que no es un verso: el poder organizado, el poder sindicalizado de los trabajadores argentinos es fuerte. Eso forma parte del ADN del pueblo argentino desde 1945 en adelante. Podrán repetir mil veces que los sindicatos son el problema, que el derecho laboral es “rigidez”, pero la historia de este país se explica en buena parte por la organización del mundo del trabajo.
Medios, ciencia, escudo nacional y un gobierno que desprecia el conocimiento
Para entender por qué la reacción social no es la misma que décadas atrás, hay que mirar el papel de los medios. El poder de los medios de comunicación siempre fue importante, y hoy es infinitamente mayor. Los sectores más poderosos del mundo tuvieron la “inteligencia” de, hace cincuenta años, meterse en los principales diarios del planeta.
Entonces hoy la humanidad no ve la realidad tal cual sucede, ve lo que los grandes medios quieren mostrar. Antes la derecha necesitaba dictaduras abiertas: todos los años o cada década había un golpe. Hoy aprendieron otra técnica: evitan el costo político de dejar treinta mil desaparecidos, pero dominan a través de la concentración mediática, la manipulación informativa y la destrucción silenciosa de derechos. Ellos aprendieron a dominar de otra manera; los pueblos están aprendiendo, con más dificultades, a resistir de otra manera.
En medio de todo esto, sigue la preocupación por lo que está pasando con el CONICET, con el INTI, con todo el sistema científico y tecnológico argentino. Hace poco se le dedicó una columna al INTI, y ahora vuelven las señales de alarma.
En estos días se leyeron declaraciones muy valientes, muy patriotas, de Alberto Kornblihtt, este gran científico argentino, biólogo molecular reconocido en academias de ciencia del mundo. Un investigador que hizo aportes fundamentales al splicing alternativo y a la comprensión genética de la generación de proteínas, con impacto directo en la producción, en la salud, en la vida cotidiana de la población.
Ese hombre, que algo sabe, se plantó públicamente y dijo, en pocas palabras, que el presidente de la Nación demuestra una ignorancia enorme, brutal, en la manera en que está castigando y deteriorando todos los avances que logró la Argentina en ciencia y tecnología. Este gobierno está socavando todas las instituciones simbólicas y concretas que estaban al servicio del desarrollo del país, de la producción y de la industria.
No es casualidad. Saben que el conocimiento da autonomía, que la ciencia y la tecnología son herramientas de soberanía. Si se destruye eso, se entrega el país atado de pies y manos a las potencias que dictan la agenda. Y ahí vuelve a aparecer la figura de Donald Trump, ese personaje que se da el lujo de robar barcos y anunciar que también se queda con el petróleo, y que hoy es el referente al que mira nuestro presidente.
Para completar el cuadro, aparece también el debate por los “cambios” que estaría proponiendo el gobierno para el escudo argentino. En una de esas imágenes que circulan se cambian nuestros cóndores andinos por el águila de Estados Unidos.
No es un chiste gráfico, no es un meme inocente: es un desprecio por las decisiones que se tomaron en la Asamblea del Año XIII, en 1813, cuando se fijaron las bases del escudo nacional. Es otra forma de colonización simbólica. Cambian los símbolos, cambian la historia, cambian el relato, y un día un pueblo se levanta y ya no sabe de qué país es.
Por eso se sostiene que estos personajes no tienen patria. Son productos de una matriz ideológica que se fabrica en los centros de poder del norte. No tienen sentimiento nacional, no tienen arraigo. Y han logrado, con una manipulación enorme sobre la opinión pública argentina, que buena parte de la sociedad los vote, los defienda, los justifique.
Pero también hay otra convicción: en cuanto se logre dar vuelta, aunque sea un poco, esa manipulación, en cuanto el pueblo pueda ver con más claridad lo que está pasando, esta gente se va a tener que ir. Y llegará la hora de rendir cuentas.
La posición es clara: por piedad cristiana, no se trata de pelear para que Milei vaya preso como un delincuente común. Se trata de afirmar que Milei tiene que estar encerrado, sí, pero en un neuropsiquiátrico, en una institución de descanso mental, con todos los cuidados que merece un ser humano. Porque un personaje que hace lo que está haciendo, que desprecia la ciencia, que se arrodilla ante el poder extranjero, que juega con la vida de millones, no está en su sano juicio.
Se duda incluso de su condición de ser humano en términos éticos, pero si uno intenta ser un buen ser humano, lo que corresponde desear es que pague sus fechorías encerrado, no en la cárcel, sino en un lugar donde, al menos, alguien intente entender qué tipo de desastre mental lo habita.
Quedan abiertos temas que dan para mucho más: el mundo de la ciencia, lo que sucedió en el Caribe, estos supuestos nuevos diseños del escudo argentino que tiran por la borda decisiones históricas. Habrá que seguir desarrollándolos.
Mientras tanto, se sostiene lo mismo que al principio: estamos en un tiempo duro, muy duro. Hay manipulación, resignación inducida, invitación permanente a bajar los brazos. Pero en el ADN argentino, en algún lado, sigue estando la memoria de la lucha, del trabajo organizado, de los pueblos que se plantan.
Y, modestamente, sigo teniendo fe.

