Por Oscar Meza
La semana arranca pesada. Lo digo con bronca y con nombre y apellido de lo que está en juego: la soberanía energética de la Argentina. En estos días, según se publicó en el Boletín Oficial, el gobierno habilitó los pasos administrativos y financieros para avanzar con la venta del 44% del paquete accionario de Nucleoeléctrica Argentina S.A. (NASA). No es un tecnicismo: es abrir la puerta para que privados definan decisiones estratégicas sobre nuestros reactores y, por extensión, sobre la matriz energética. Eso me indigna. Me alarma la vocación de sumisión, de entrega, de arriesgar la soberanía cada vez que el poder real les sopla al oído.
Soberanía en riesgo
No hablo a ciegas. Tomo con seriedad las alertas de quienes conocen el paño, como quien estuvo al frente de la Comisión Nacional de Energía Atómica, que viene advirtiendo sobre el impacto de rifar capacidades construidas durante más de 70 años. No se trata solo de litio, agua dulce o uranio; se trata de conocimiento, investigación, ingeniería, proveedores, control público de áreas críticas. Todo eso es soberanía. Y cuando el Estado se corre para que un “socio mayoritario” privado imponga rumbo sobre una empresa clave, lo que se cede no es una acción: es la palanca de mando.
NASA y el 44%
Pongámoslo claro. Con el 44% en manos privadas y el Estado licuado en la mesa de conducción, cualquier “socio” pasaría a orientar decisiones de inversión, mantenimiento, ampliación de centrales y hasta el ritmo de desarrollo tecnológico. ¿Alguien cree que ese actor priorizará el interés nacional por encima del interés de caja, de sus vínculos geopolíticos o de su estrategia corporativa? Es una ingenuidad peligrosa. Y acá no hay confusión contable: hay decisión política de poner a precio una herramienta que se construyó para garantizar independencia y previsibilidad energética.
No es torpeza: es entrega
Algunos quieren creer que es ignorancia. Yo no. Cada día me convenzo más de que no es torpeza: es entrega. Han vendido el alma al diablo. Son mercenarios de la política, personajes que cambian soberanía por saldo en la cuenta y selfies en foros donde nos aplauden por achicarnos. Duele decirlo, pero no encuentro antecedente de una demolición tan acelerada de capacidades estratégicas. Ni siquiera en tiempos oscuros se atrevieron a tanto con un consenso tan liviano y una épica tan pobre.
Esto no se corrige con un comunicado. Se corrige con posición firme, con organización y con presencia en las calles, que es donde en nuestra historia se definieron los grandes rumbos cuando arriba se hacían los distraídos. No es gratis sostener una línea editorial incómoda, lo sé y me hago cargo: hay que jugar. Porque acá no se debate una planilla Excel; se debate el futuro de nuestros hijos y nietos.
No nos queda margen para la distracción. La venta de NASA es una línea roja. Si la cruzan, lo que se pierde no vuelve fácil. Y entonces sí, la factura la pagaremos todos, con tarifa, con dependencia y con silencio. Yo no estoy dispuesto. Y confío en que muchos tampoco.

