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abril 20, 2026

Remate atómico: el Gobierno entrega Nucleoeléctrica para calmar al FMI y juntar dólares

Centrales nucleares con el cartel de remate

El gobierno de Javier Milei avanza sin freno en el desguace del sector nuclear argentino. En su desesperación por conseguir divisas, decidió poner en venta casi la mitad de Nucleoeléctrica Argentina S.A. (NA-SA), la empresa estatal que opera las centrales de Embalse y Atucha I y II. La decisión, publicada a través de la resolución 1751/2025, confirma lo que muchos científicos y técnicos temían: la energía nuclear —uno de los pocos campos donde Argentina logró independencia tecnológica— será puesta a remate para cumplir con las exigencias del Fondo Monetario Internacional y los intereses de Estados Unidos.

La medida implica privatizar el 44 por ciento de la compañía, mientras el Estado retendrá el 51 y el 5 quedará en manos de los trabajadores. El oficialismo la presenta como una “modernización” o “asociación público-privada”, pero en los hechos constituye la antesala del desmantelamiento de un sector estratégico. NA-SA no solo produce el 7 por ciento de la energía eléctrica del país, sino que además genera excedentes económicos: en el primer trimestre de 2025 tuvo un superávit de 17 mil millones de pesos. Es decir, el Gobierno privatiza una empresa rentable para tapar un agujero fiscal creado por su propia política económica.

El físico Diego Hurtado, exvicepresidente de la Comisión Nacional de Energía Atómica, lo sintetizó con crudeza: “Nos están llevando al subdesarrollo”. No es una metáfora. El complejo Atucha, símbolo del desarrollo nuclear argentino desde 1974, podría quedar bajo control extranjero, y con él se esfumaría la capacidad local de proyectar nuevas centrales o mantener la independencia tecnológica que costó medio siglo construir. Lo que el menemismo destruyó en los 90 con YPF y el sistema científico, Milei lo repite con otra estética, pero la misma lógica: convertir conocimiento en divisas fugaces.

La explicación oficial apela al libre mercado y a la “eficiencia privada”. Sin embargo, la historia reciente muestra lo contrario. Como recuerda el ingeniero Nicolás Malinovsky, “las privatizaciones de los 90 fueron un saqueo: se desmantelaron laboratorios, se perdieron desarrollos, cayó la producción y se profundizó la dependencia energética”. Nucleoeléctrica corre ahora el mismo destino, bajo la excusa de “atraer inversiones”. En realidad, se trata de entregar a precio de saldo una empresa que hoy le da autonomía al país en un campo donde solo un puñado de naciones puede competir.

Más grave aún es la dimensión geopolítica del gesto. El FMI exigió en agosto que la Argentina acelerara la venta de empresas estatales, y Nucleoeléctrica fue incluida explícitamente en esa lista. En paralelo, el Gobierno paralizó el desarrollo del reactor CAREM y se subordinó al programa estadounidense First, que busca imponer la tecnología nuclear de Estados Unidos en los países periféricos. En otras palabras, Argentina abandona su propio camino científico para convertirse en cliente y proveedor de materias primas: exportará uranio, pero importará reactores.

El argumento de la “necesidad de dólares” no resiste análisis. Según estimaciones oficiales, el 44 % de Nucleoeléctrica podría venderse por unos mil millones de dólares, una cifra que se evapora en una semana de intervención del Banco Central. Mientras tanto, el país perderá capacidades que tardaron décadas en construirse y que hoy sostienen su soberanía energética y tecnológica.

La decisión también va a contramano del mundo: Estados Unidos, China, Francia y Corea del Sur expanden sus programas nucleares, conscientes de que la energía atómica es clave para la transición energética global. Argentina, en cambio, elige desarmar lo que tiene. En 1974 encendía su primer reactor propio; en 2025, lo entrega como prenda de pago.

Lo que se presenta como una “reforma estructural” es, en realidad, una liquidación. No se trata solo de vender acciones: se está hipotecando un legado científico, una red de técnicos, ingenieros y centros de investigación que dieron prestigio internacional al país. Nucleoeléctrica es mucho más que una empresa: es el corazón de una Argentina que alguna vez creyó en el desarrollo nacional. Hoy, esa Argentina se vende por partes, al mejor postor, con la bendición del FMI y el silencio cómplice de un gobierno que confunde soberanía con saldo en caja.