Argentina decidió escalar un conflicto que no le es propio y lo hizo de la manera más abrupta posible: expulsando al principal representante diplomático de Irán en el país. El gobierno de Javier Milei declaró persona no grata a Mohsen Soltani Tehrani y le dio 48 horas para abandonar el territorio, en una medida que profundiza un alineamiento internacional que ya no se disimula.
La decisión llega como respuesta a críticas de Teherán, pero el trasfondo es mucho más amplio: la administración libertaria eligió tomar partido activo en un conflicto geopolítico ajeno, colocándose sin matices en la órbita de Estados Unidos e Israel. No se trata solo de un gesto diplomático, sino de una definición estratégica que rompe con la tradición argentina de prudencia y no intervención en escenarios de guerra.
El diplomático iraní había sido acreditado en 2021, durante el gobierno de Alberto Fernández, y hasta hace semanas mantenía actividad institucional normal. Sin embargo, la tensión creció de forma acelerada luego de que el Ejecutivo argentino declarara organización terrorista a la Guardia Revolucionaria iraní, una medida que replica decisiones de otras potencias pero que no responde a intereses directos del país.
Lejos de buscar canales diplomáticos o una desescalada, la Casa Rosada optó por endurecer la confrontación. El resultado es una Argentina que abandona su histórica posición de equilibrio para involucrarse discursiva y políticamente en una guerra que se desarrolla a miles de kilómetros, pero cuyas consecuencias —económicas, energéticas y diplomáticas— pueden impactar de lleno en el país.
Desde Teherán, la reacción fue inmediata y previsible: calificaron la postura argentina como un “grave error de cálculo” y advirtieron que dañará las relaciones bilaterales. Pero más allá del cruce retórico, el punto central es otro: ¿qué gana Argentina asumiendo un rol beligerante en un conflicto que no le pertenece?
El alineamiento automático no solo reduce el margen de maniobra internacional, sino que expone al país a tensiones innecesarias. En lugar de priorizar una política exterior basada en intereses nacionales concretos, el gobierno parece decidido a actuar como actor secundario en disputas globales, con más carga ideológica que pragmatismo.
La expulsión de Mohsen Soltani Tehrani no es un hecho aislado, sino un síntoma de una política exterior que privilegia gestos de alto impacto mediático por sobre la construcción paciente de relaciones internacionales. En ese camino, Argentina corre el riesgo de quedar atrapada en conflictos que no puede controlar y de los que difícilmente obtenga beneficios claros.

