La recolección de residuos en distintos barrios de Resistencia volvió a quedar en el centro de las quejas vecinales, no solo por demoras o irregularidades en el servicio, sino por una situación que se repite a diario y agrava el problema sanitario y ambiental: personas en situación de indigencia hurgan las bolsas de basura que los vecinos sacan minutos antes del paso del camión, rompen los envoltorios y dejan los residuos completamente desparramados en la vía pública.
La escena se repite en calles céntricas y periféricas. Bolsas abiertas, restos de comida, cartones, plásticos y desperdicios orgánicos esparcidos sobre veredas y calzadas generan malos olores, obstruyen desagües y multiplican la presencia de animales. El resultado es una ciudad visiblemente más sucia, aun en zonas donde los vecinos cumplen con los horarios y normas establecidas para la recolección.
Desde los propios barrios aclaran que el problema no es la búsqueda de alimentos o materiales reciclables, una realidad social que muchos comprenden y que forma parte de una crisis económica cada vez más profunda. El malestar aparece cuando esa búsqueda se traduce en la rotura deliberada de todas las bolsas, incluso de aquellas que no contienen nada reutilizable, y en el abandono de la basura sin ningún tipo de recomposición posterior.

“Entendemos la necesidad, nadie discute eso. Pero no puede ser que todos los días quede todo hecho un basural”, repiten vecinos que reclaman una solución de fondo y no medidas aisladas.
El problema deja al descubierto una doble falencia. Por un lado, la ausencia de políticas municipales claras para ordenar la recolección informal y el reciclado urbano. Por otro, la falta de contención social para personas que terminan sobreviviendo de la basura, sin ningún tipo de acompañamiento ni organización.

Hasta el momento, desde la Municipalidad de Resistencia no hubo anuncios concretos sobre un plan integral para abordar esta situación. No se conocen estrategias de separación en origen con puntos de reciclado accesibles, ni programas sostenidos de inclusión de recuperadores urbanos, ni campañas que eviten que la basura termine desparramada antes de que pase el camión recolector.
Mientras tanto, el costo lo pagan los vecinos y la ciudad en su conjunto: calles sucias, riesgo sanitario y una convivencia urbana cada vez más deteriorada. La problemática exige algo más que controles esporádicos o llamados a la buena voluntad. Requiere decisión política, planificación y una mirada social que ordene sin criminalizar, pero que tampoco naturalice el descontrol.
La pregunta que sigue abierta es si el Municipio está trabajando realmente en una solución estructural o si, una vez más, el problema quedará librado a la resignación cotidiana de los vecinos y al paso tardío del camión recolector.

