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marzo 5, 2026

Stiglitz, la timba de Milei y el casino en que están convirtiendo a la Argentina

Por Oscar Meza

La propuesta de hoy es compartir con ustedes algunas reflexiones a partir de un artículo que recogió declaraciones de Joseph Stiglitz, este economista famoso, premio Nobel de Economía, conocido por su mirada crítica sobre la desigualdad y la concentración obscena de la riqueza en el mundo.

Lo interesante es que estas declaraciones no se dieron en cualquier ámbito, sino en una conferencia global sobre periodismo de investigación y periodismo independiente, realizada en Kuala Lumpur, Malasia. Es decir, un espacio donde se discutía el destino de la información pública en el planeta, y donde Stiglitz fue invitado como una de las voces más autorizadas para hablar de economía, desigualdad y poder.

En ese contexto, se tomó unos minutos para hablar de la Argentina y de lo que está ocurriendo bajo el gobierno de Milei y la gestión económica de Caputo. Y lo que dijo, créanme, no es para dormir tranquilos.

De la producción al casino financiero

Stiglitz conoce muy bien la historia reciente de nuestro país. Durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner fue un observador cercano y, en no pocas ocasiones, elogió la evolución de la economía argentina en aquellos años. Eso contrasta fuertemente con lo que piensa hoy.

En esta conferencia internacional, mientras hablaba de la situación global, se permitió detenerse en nuestro caso y lanzó una definición que, en buen romance, duele pero describe con precisión lo que estamos viviendo: según Stiglitz, la Argentina de Milei ha dejado de preocuparse por la producción, por el comercio, por el mercado interno, por el trabajo y por las variables económicas que sostienen una sociedad mínimamente equilibrada. Hoy, dice él, el gobierno apuesta el destino del país a la timba financiera.

Lo dice sin vueltas: es como llevar la economía nacional a un casino y jugarse todo en la ruleta. No se trabaja para fortalecer el aparato productivo, ni para expandir el mercado interno, ni para mejorar el ingreso de las mayorías, sino para hacer negocios y especulaciones financieras, muchas veces en andariveles que se rozan directamente con la corrupción.

Y aclara algo que en la Argentina conocemos de memoria: estas “recetas” no son nuevas. Son las mismas que se aplicaron durante la dictadura militar, durante los años de Menem y Cavallo, durante el gobierno de Macri y ahora vuelven bajo la dupla Milei–Caputo. Stiglitz subraya que en ningún país donde se ensayaron estos modelos económicos los resultados fueron prósperos para las mayorías. Al contrario: dejaron economías endeudadas, estructuras productivas destruidas y sociedades profundamente desiguales.

En nuestro caso, recuerda que todavía está pendiente el pago de los 44 mil millones de dólares tomados en tiempos del macrismo, con Caputo como protagonista central. Y, pese a ese antecedente, la actual gestión vuelve a tocar las mismas puertas: Banco Mundial, bancos privados internacionales “amigos” del ministro y el propio Tesoro de los Estados Unidos. Según Stiglitz, en muchos casos esos préstamos se otorgaron de manera irresponsable, sin evaluar seriamente la capacidad productiva de la Argentina ni su real posibilidad de devolver semejante montaña de dinero.

La conclusión que plantea es clara: si todo el modelo se sostiene en más deuda externa, más especulación financiera y menos producción, el desenlace va a ser malo. No hay magia posible. Tendremos una estructura productiva aún más dañada y una deuda externa gigantesca que nadie sensato puede explicar cómo se va a pagar. En otras palabras: nos están timbeando la patria en beneficio de unos pocos grandes ricos de la Argentina y del mundo.

Un mundo obscenamente desigual

Pero Stiglitz no se queda solo en el caso argentino. Forma parte de un comité de expertos independientes que estudia la evolución de la desigualdad de la riqueza a escala global. En Kuala Lumpur presentó datos de un informe reciente sobre el primer cuarto de siglo XXI, del año 2000 al 2024.

Las cifras son escalofriantes. El 1 % de la población más rica del planeta se apropió de aproximadamente el 50 % de toda la riqueza producida en ese período. Mientras tanto, el 50 % más pobre del mundo recibió apenas el 1 % de esa riqueza global. Repito las proporciones porque valen por sí mismas: el 1 % se queda con la mitad, la mitad de la humanidad se reparte las migajas.

Ante semejante obscenidad, Stiglitz insiste en la necesidad de crear un panel internacional de expertos, economistas y responsables de políticas públicas que trabajen en serio para reducir estos niveles de desigualdad. No con discursos vacíos, sino con reformas fiscales, políticas sociales, regulaciones financieras y decisiones concretas que impidan que la riqueza del planeta termine siempre en los mismos bolsillos.

En ese contexto, también critica con fuerza la existencia de los llamados “paraísos fiscales”. No los disfraza con eufemismos: los define como guaridas de corrupción, verdaderos antros donde se blanquea, se esconde y se lava dinero que debería volver a las arcas públicas para financiar salud, educación, vivienda, infraestructura y seguridad. Plata que se saca de los presupuestos de los estados y se escurre hacia esos refugios financieros opacos, con la complicidad de grandes fortunas y, no pocas veces, de funcionarios de esos mismos estados.

Para ejemplificar la desigualdad, recordó lo ocurrido durante la pandemia de COVID-19: Canadá, por ejemplo, compró un volumen de vacunas ocho veces superior a las necesidades de su población. Mientras tanto, muchos países de África y del llamado “tercer mundo” no podían adquirir ni siquiera las dosis mínimas para proteger a su gente.

Stiglitz también mencionó el caso de India, Sudáfrica y Brasil, países que desarrollaron capacidades propias para producir vacunas eficientes. Los grandes laboratorios farmacéuticos internacionales, mediante sus lobbies, hicieron todo lo posible para frenar y obstaculizar esos procesos, priorizando sus negocios por encima del derecho a la salud de millones de personas. Otra muestra de cómo opera la combinación entre poder económico, desigualdad y un sistema global que premia la especulación por encima de la vida.

Información pública, periodismo y disputa por la palabra

No es casual que todo esto se haya planteado en una conferencia sobre periodismo independiente. Stiglitz advierte que la concentración y la privatización no solo avanzan sobre la economía, sino también sobre el terreno de la información y de la opinión pública.

Él sostiene que la producción y la difusión de información deben ser consideradas un bien público. Es decir, algo que no puede quedar exclusivamente en manos de los grandes monopolios económicos que manejan medios, plataformas y flujos de datos a escala global. Si la información se privatiza por completo, si la construcción de sentido sobre la realidad queda atrapada en intereses corporativos, las sociedades pierden una herramienta fundamental para defenderse, organizarse y reclamar.

Por eso plantea que es imprescindible que existan políticas estatales que garanticen medios públicos y experiencias de comunicación que no respondan a los grandes conglomerados económicos. Medios que tengan como norte el derecho a la información de las mayorías y no la rentabilidad de unos pocos.

Y aquí es donde, de alguna manera, nos convoca a todos los que trabajamos en la comunicación, en el periodismo, en la creación de opinión pública. Stiglitz dice que los buenos comunicadores sociales deben estar preocupados por este tema y, sobre todo, deben resistir y combatir los intentos de privatizar absolutamente todo lo que tenga que ver con la producción y difusión de información.

Nos habla a nosotros también, que desde nuestro lugar tratamos de aportar un granito de arena para que la información no sea solamente lo que los grandes monopolios deciden. Porque si nos resignamos a que la palabra, los datos y el relato de lo que pasa en el mundo queden en manos de unos pocos, la democracia pasa a ser un decorado y la ciudadanía, un simple espectador.

En síntesis, lo que recogimos en esta nota fueron las opiniones de un economista al que le preocupa, y mucho, la pobreza y la acumulación obscena de riqueza en el mundo. Opiniones que, en lo que hace a la Argentina, son brutalmente claras: Milei y su ministro Caputo están llevando al país a una apuesta de casino, a una timba financiera que destruye lo que queda del aparato productivo y agranda la deuda externa hasta niveles impagables.

Y en paralelo, a escala global, se consolida un circuito donde unos pocos se llevan casi todo y millones quedan del lado de la carencia. Frente a eso, la pelea por la información pública, por el periodismo independiente y por la comunicación como derecho y no como negocio exclusivo de los monopolios, se vuelve también una forma de resistencia.

Sobre eso conversamos, sobre eso reflexionamos y sobre eso seguiremos insistiendo. Porque mientras timbean con las finanzas de la patria y concentran la riqueza en pocas manos, es imprescindible que no nos timbeen también la palabra.