Por Oscar Meza
Yo siempre digo que el problema que tenemos hoy en el campo nacional, popular y democrático está sobre nuestras cabezas. Está ahí, como una nube que todos vemos pero que muchos prefieren no mirar fijo. Hay que permitirse plantear un desafío muy serio, que probablemente todos los que tenemos alguna simpatía por el justicialismo, por ese campo nacional, popular y democrático, estamos esperando que se resuelva.
Yo no soy más que un modesto analista, un modesto ciudadano que mira la realidad con interés y con preocupación. Trato de ir vislumbrando, con las herramientas que tengo, aquello que nos pueda marcar un camino medianamente promisorio, una salida viable a la difícil situación en la que nos encontramos como país y como movimiento político.
El desafío de encontrar nuevos liderazgos
Soy consciente de que estamos ante un problema serio: a dos años de un proceso electoral decisivo, muy importante, no se vislumbra con claridad quiénes podrían ser las principales figuras que jueguen ese partido. No aparecen, al menos a simple vista, esos nombres que ordenen las expectativas del campo nacional, popular y democrático.
Pero yo ya soy un muchacho con algunos años y la vida, y muy particularmente la política, actividad a la que le dediqué buena parte de mi existencia y por la cual pagué algún precio, me enseñaron a ser realista, a ser pragmático. No soy de aquellos que creen que de la nada, marcados por la divina providencia o el Espíritu Santo, aparecen dirigentes destinados a cumplir un rol protagónico y salvador en la historia del país o de una provincia.
Creo mucho en la sabiduría popular. Y en política, como en la gastronomía, defiendo un refrán que para mí es clave: el pan se amasa con la harina que se tiene a mano. ¿Qué quiere decir esto en buen romance? Que no hay ángeles caídos del cielo que vengan a señalarnos el destino venturoso. Los protagonistas ya están en el escenario. Están en el plano nacional y en el provincial, y en determinado momento pueden ganar un protagonismo superior, si sabemos mirarlos.
Muchos recuerdan cuando en 2003 “apareció” Néstor Kirchner. Pero Néstor no fue un caído del cielo: llevaba veinte años caminando la Patagonia, había sido intendente de su pueblo, gobernador de su provincia. Tenía historia, territorio, gestión. En este momento, yo creo que va a suceder algo semejante: no va a venir nadie marcado por el Espíritu Santo a resolvernos la vida; tendremos que mirar con atención a los protagonistas que ya están y, en particular, a quienes han demostrado capacidad en cargos ejecutivos.
Ahí yo veo nombres concretos: Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, que está domando un potro que representa casi el 40% de la población del país y lo hace en un contexto durísimo desde 2023, marcando un modelo alternativo al modelo nacional vigente. Veo a Gildo Insfrán en Formosa, veo a Zamora en Santiago del Estero, que viene de otro gran movimiento como la Unión Cívica Radical pero que transita hace tiempo un camino de amistad y compañerismo con el justicialismo. Veo a Quintela en La Rioja y podría seguir nombrando dos, tres o cuatro dirigentes que ya demostraron, con la práctica, la uña que tienen para tocar la guitarra de la gestión de manera eficaz y eficiente.
Mirar el territorio y animarse a la democracia interna
Del mismo modo, a nivel provincial hay que mirar con detenimiento a quienes ya están demostrando cosas desde algún cargo ejecutivo. Y cuando digo mirar, hablo también de nuestra realidad chaqueña, de nuestros municipios. En nuestra querida Barranqueras, por ejemplo, tenemos a una dirigente muy joven como Magda Ayala. Yo, que viví de cerca las internas de Barranqueras, me preguntaba hace seis años de dónde sacaba la claridad que mostraba esta muchacha.
Al principio estaba convencido de que tenía a alguien atrás, que la bancaba, la orientaba, le trazaba las líneas. Y no descarto que haya tenido buenos guías y buenos padrinos, porque también hay inteligencia en rodearse bien. Pero el paso del tiempo me llevó a la convicción de que Magda Ayala está ocupando el lugar que ocupa porque, como joven mujer, tiene atributos y cualidades que no son fáciles de encontrar.
Vi cómo logró algo que acá parecía imposible: juntar gente, juntar voluntades que durante mucho tiempo estuvieron enfrentadas en el peronismo de Barranqueras. Supo usar con inteligencia los apoyos, pero también puso su personalidad y su capacidad. Por eso no me sorprende que no pocas personas en el Chaco la miren para el 2027. Es un ejemplo de lo que digo: la harina ya está sobre la mesa, el tema es si hay sabiduría para ver qué pan podemos hacer con ella.
Todo esto nos lleva a otra discusión: la de la dedocracia. En la época de Yrigoyen y de Perón existía esa figura del dirigente con capacidad de señalar delfines, de marcar sucesores con una cuota de sapiencia, de experiencia y de experticia. Lo mismo, salvando las distancias, pasó con Néstor Kirchner. Pero hoy, en el Movimiento Nacional Justicialista y en el campo nacional, popular y democrático, yo no veo a nadie, desde Cristina para abajo, que haya demostrado en los hechos esa capacidad de señalar delfines con eficacia.
Lo vimos en 2015 con Scioli, lo vimos en 2019 con Alberto Fernández. Esas experiencias no fueron ni exitosas, ni eficientes, ni eficaces. Por eso me parece que tenemos que asumir que el tiempo del paternalismo político, que nos dio resultados en época de Perón, terminó. Ese paternalismo murió con la finitud de la vida del general Juan Domingo Perón y, en nuestra época, también con la finitud de la vida de Néstor Kirchner.
El pan, la harina y la responsabilidad de los peronistas
En este contexto, yo reafirmo algo que quizás nunca había dicho tan claramente en un medio: para mi gusto, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner fueron los mejores discípulos que dio el peronismo después de la muerte de Perón, con una valoración muy especial hacia Néstor. Pero, al mismo tiempo, reitero: no hay hoy nadie en el justicialismo al que podamos darle la potestad de decidir con el dedo quién será el próximo dirigente virtuoso que nos conduzca.
Eso va a surgir del escenario que ya tenemos, de esos buenos dirigentes probados en la gestión ejecutiva, si nosotros, como movimiento, hacemos lo que casi nunca hicimos en serio: practicar la democracia interna. Si no logramos acuerdos entre los principales dirigentes nacionales y provinciales, tendremos que ir a elecciones internas que sean lo más democráticas, abiertas, legítimas, auténticas y sinceras posibles.
Y ahí aparece nuestra responsabilidad como afiliados, como simpatizantes del Movimiento Nacional Justicialista. Tenemos que involucrarnos, participar, exigir que las cosas se hagan de la manera más acertada posible. Venimos de una matriz donde confiamos mucho en la conducción, en ese paternalismo que en otro tiempo funcionó. Pero ese tiempo terminó. Hoy la responsabilidad es nuestra.
Vuelvo al refrán que tanto repito: el pan se amasa con la harina que se tiene a mano. Eso no significa subestimar la harina, al contrario. Significa tener la sabiduría del buen panadero: mirar bien qué harina tenemos delante, reconocer que en el peronismo hay una enorme cantidad de dirigentes de gran valía y entender que muchas veces lo que falta no es talento, sino condiciones apropiadas para que esa semilla caiga en tierra fértil.
De nosotros depende que dejemos de esperar salvadores caídos del cielo y empecemos a usar con inteligencia la harina que ya tenemos. Y, ya que estamos, aclaro algo que también forma parte de mi historia: no solo defiendo el refrán, también soy muy buen cocinero. Alguna experiencia tengo en el campo gastronómico.
El resto será trabajo, participación y democracia interna. El pan, si lo hacemos entre todos, todavía puede salir bueno.

