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marzo 5, 2026

Soberanía, mercado interno y la autocrítica que nos falta

Por Oscar Meza

Siempre digo que estoy bien, pero preocupado. No es una frase de compromiso: sobran motivos necesarios y suficientes para estar preocupados en este país. Sobran. Y uno de esos motivos es ver cómo se caen, cómo se desmoronan las promesas que se hicieron hace muy poco, con un único objetivo: crear condiciones “óptimas” para ganar las elecciones.

Nos vendieron el relato de que iban a llegar miles de millones de dólares para sacar a la Argentina adelante, para “darle una mano” al país en un momento crítico. Y en cuestión de semanas nos encontramos con que buena parte de los bancos de Norteamérica cerraron totalmente sus puertas a la posibilidad de que eso se concrete. Es decir: el cuento duró poco. Muy poco.

En momentos así, me parece valioso detenernos, respirar hondo y recordar fechas históricas que no son estampitas para el bronce, sino lecciones vivas. Una de ellas es el 20 de noviembre, Día de la Soberanía Nacional, que recuerda aquella gesta épica conocida como la Vuelta de Obligado, allá por 1845.

La Vuelta de Obligado y las batallas de hoy

En aquel entonces, la provincia de Buenos Aires, al igual que hoy, tenía un gobernador al frente: Juan Manuel de Rosas. Podía tener muchos errores, como cualquier dirigente, pero en algo tenía una claridad absoluta: la defensa de la soberanía nacional.

¿Contra quiénes se peleaba? Contra dos potencias extranjeras de primera línea en ese momento: Inglaterra y Francia. ¿Qué buscaban? Lo mismo que hoy reclaman las grandes potencias del mundo y lo mismo que este gobierno nacional les está regalando: libre importación, mercados abiertos, libre navegación por una vía estratégica como el río Paraná, sin trabas, sin aduanas, sin defensa del interés nacional.

Vinieron con barcos de guerra y barcos comerciales. Los primeros para garantizar con cañones la libre navegación; los segundos llenos de productos importados de esas grandes potencias. Del otro lado estaban los patriotas de nuestra tierra, con recursos modestos, pero con una firmeza que hoy deberíamos envidiar.

No eran discusiones muy distintas a las de hoy. En esencia, la lucha sigue siendo la misma: o defendemos la producción nacional y el mercado interno, o dejamos que nos conviertan en un simple supermercado de saldo, un territorio de paso para negocios ajenos.

Los pueblos de América Latina y del llamado “tercer mundo” vienen dando esa pelea desde hace siglos: evitar que las grandes potencias se lleven nuestros recursos y nos devuelvan miseria y dependencia. Ayer eran Inglaterra y Francia; hoy podemos hablar de Estados Unidos, de Inglaterra otra vez, de los grandes grupos financieros que buscan mercados abiertos, sin políticas impositivas que protejan la producción local.

Por eso se recuerda con tanto orgullo la Vuelta de Obligado. Porque aun en condiciones bélicas y económicas muy desventajosas, nuestros patriotas se plantaron. Tanto peso tuvo esa gesta que el general San Martín, nada más y nada menos, decidió regalarle su sable a Rosas como reconocimiento a esa defensa de la soberanía nacional. Eso no es un detalle, es un símbolo enorme.

Mercado interno, bienestar y valentía cívica

Ahora bien, no hace falta ser un gran experto en economía para entender algunas cuestiones básicas. Siempre sostengo que hay que mirar los momentos históricos en los que el pueblo argentino gozó de bienestar social y económico, y observar qué se hizo en esos períodos.

Uno de esos momentos fueron los planes quinquenales del general Perón. Están ahí, al alcance de cualquier libro sincero de economía política. Muestran con claridad qué medidas se implementaron para sacar al país adelante y marcar dos gobiernos históricos, del 45 al 55.

Sin ir tan lejos, la sociedad también recuerda lo que fue la década 2003–2015, con todas sus contradicciones, pero con un dato central: hubo una mejora real del poder adquisitivo y una ampliación de derechos. No hace falta fanatizarse para reconocerlo; basta con mirar el changuito del supermercado de aquellos años y compararlo con el de ahora.

Desarrollar el mercado interno, en términos concretos, implica dos cosas muy claras:

  1. Aumentar el poder adquisitivo de los sectores del trabajo y la producción.
  2. Mantener una política de precios que permita que la población, con ese poder de compra, acceda a bienes producidos en nuestra patria.

No es física cuántica. No hace falta ser “genio de las finanzas” para entender eso. Lo que sí hace falta es algo mucho más escaso: valentía cívica y coraje patriótico. Porque cada vez que un gobierno intenta aplicar este tipo de políticas, se enfrenta a los sectores ligados a las grandes potencias y a los poderes concentrados, esos que siempre buscan esquilmar nuestros recursos naturales y nuestras riquezas, como bien lo describió Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”.

Hoy lo que falta en buena parte de la dirigencia no es información, no es teoría. Falta coraje cívico, convicción patriótica, decisión de plantarse frente a los poderes económicos, mediáticos y militares que presionan para que se entreguen la soberanía y el mercado interno en bandeja.

Autocrítica, unidad y liderazgos en disputa

Ahora me meto de lleno en el análisis político, que es donde también tenemos muchas cuentas pendientes. No alcanza con decir “somos opositores a Milei”. Los hechos lo demuestran: con eso solo no alcanza. El campo nacional, popular y democrático tiene la obligación de plantear propuestas concretas, claras, explicadas en un lenguaje sencillo, que le permita al pueblo acompañar los procesos y entender hacia dónde se quiere ir.

Y eso nos lleva a un tema incómodo pero imprescindible: la autocrítica. Aquí en el Chaco, lo dijimos varias veces: las fuerzas que se identifican con el campo nacional y popular llegaron a las elecciones del 26 de octubre divididas en siete listas. Una de ellas fue Fuerza Patria; las otras seis estaban integradas por aliados, amigos, compañeros de lucha.

No supieron sus dirigentes expresar y negociar con claridad sus objetivos, y la conducción provincial tampoco supo escucharlos. El resultado es conocido: hubo decenas de miles de votos que podrían haberse sumado y no se sumaron. No porque el pueblo haya dejado de creer en las banderas históricas, sino porque la dirigencia no estuvo a la altura del momento.

En ese escenario aparece también la figura de Cristina Fernández de Kirchner. Yo reivindico su figura, porque creo que transitó caminos valiosos en materia de audacia política y soberanía económica. Y creo que tiene que estar libre, sin persecución judicial, porque eso también forma parte de las batallas por la democracia y la soberanía.

Ahora bien, decir esto no significa que esté todo resuelto solo con su liderazgo, ni que el campo nacional y popular deba subordinarse ciegamente a una persona o a un sector. Lo que se necesita es espíritu de libertad, independencia política, vocación de construcción colectiva. Hay que debatir quiénes conducirán el peronismo y el campo nacional y popular, pero sin renunciar a esas banderas.

Honrar hoy a los héroes de la Vuelta de Obligado no es solo poner una placa o sacar una foto en un acto. Es practicar la autocrítica y la humildad necesarias para construir frentes políticos, sociales y económicos capaces de enfrentar a los poderosos y de impulsar medidas que mejoren el bienestar del pueblo.

Eso implica animarse a tocar intereses, a recortar ganancias obscenas, a decirle que no a los proyectos que solo buscan abrir nuestras venas económicas para que otros se lleven la riqueza y nos dejen deudas, pobreza y frustración.

Por eso insisto: sobran elementos históricos, políticos y económicos para saber qué hay que hacer. Lo que no sobra es convicción patriótica, valentía cívica y espíritu de grandeza para transitar esos caminos. Quienes se atreven a hacerlo corren la suerte de Perón, de Cristina y de tantos otros dirigentes latinoamericanos que se animaron a plantarse frente a los poderosos y pagaron costos altísimos.

En estos días, al recordar aquel 20 de noviembre de 1845, la Vuelta de Obligado no puede ser solo una efeméride. Tiene que ser un espejo incómodo. Nos tiene que interpelar. Porque los mensajes siguen siendo exactamente los mismos: defender con convicción el mercado interno, defender con convicción el bienestar del pueblo y defender, con la misma firmeza que nuestros patriotas, la soberanía de la nación.