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marzo 5, 2026

Después del sacudón electoral: autocrítica, unidad y calles

Por Oscar Meza

La columna de hoy la pensé para poner en palabras eso que muchísimas y muchísimos sentimos después de las elecciones: el resultado sorprendió a propios y extraños. Sorprendió a Milei y compañía, pero también a quienes tratamos de transitar un camino de oposición medianamente legítima, sincera y auténtica.
Pensábamos que había una posibilidad cierta de ganar, tanto a nivel nacional como aquí en el Chaco, aunque sea por una diferencia mínima. Eso no ocurrió, y si no asumimos por qué, vamos a seguir perdiendo.

La fractura del campo nacional, popular y democrático

En las dos o tres semanas previas a las elecciones se respiraba otra cosa. Había una sensación muy fuerte en el aire, alimentada por hechos concretos: los casos de corrupción que rozaban al Gobierno, las denuncias de vínculos con el narcotráfico sobre referentes centrales como Espert, el derrumbe brutal del poder adquisitivo que hacía que muchas familias no llegaran ni a mitad de mes, la falta de trabajo, la ausencia de sueldos dignos frente a la carestía de la vida, y la injerencia manifiesta, humillante, de gobiernos extranjeros, particularmente Estados Unidos, en los asuntos internos de un país soberano.
Nada de eso era invento de la prensa: estaba en el espíritu cotidiano de la gente, en la charla de todos los días, en la Argentina y en el Chaco. Por eso sobrevolaba la idea de que tanto a nivel nacional como provincial el mileísmo y sus aliados podían perder. No pasó. Ganaron ellos, y ahora propios y extraños nos estamos acomodando a esta realidad.

En ese contexto, se hace imprescindible una autocrítica sólida y una convocatoria real a la unidad de todas las fuerzas del campo nacional, popular y democrático, no sólo en los discursos, sino en la práctica concreta.

En el Chaco el problema quedó clarito. De la boleta única de papel, con diez listas, Fuerza Patria fue una, pero hubo otras seis listas integradas por sectores que, hasta hacía no más de seis o siete meses, se identificaban con el campo nacional, popular y democrático y con la conducción del movimiento nacional justicialista.

Esas seis listas que fueron por afuera de Fuerza Patria sumaron, en el escrutinio definitivo, alrededor de 45.000 votos. Al mismo tiempo, Zdero, Milei y compañía ganaron las legislativas provinciales por apenas 3.400 votos. En porcentaje, ellos rondaron el 45,9 %, Fuerza Patria el 45,3 %.
Menos de medio punto. Si uno suma todas las fuerzas que hasta hace poco integraban ese frente nacional, popular y democrático, el resultado se ubica entre el 51 y el 52 %. Es decir, entre todos teníamos mayoría; fragmentados, perdimos.

Eso marca una responsabilidad muy seria, no solo para los máximos conductores de Fuerza Patria, con nombre y apellido, como Jorge Capitanich, Gustavo Martínez y Magda Ayala, sino también para quienes conducen fuerzas menores que han tomado el hábito de valer por diez y reclamar por cien. Me refiero a Panzardi, a Bolatti, a los Bacileff Ivanoff, a Bergia y a tantos compañeros que acompañaron al justicialismo durante quince años y que ahora decidieron ir por afuera, sabiendo que se corría el riesgo de perder. Y perdimos.

La reflexión que propongo es simple y dura: ni los dirigentes máximos ni los intermedios tuvieron la grandeza suficiente para pensar primero en los destinos de la provincia y de la patria. No hubo la claridad, la firmeza, la humildad y el espíritu de autocrítica necesarios para transitar un camino de unidad. Si hubiéramos ganado con el 51 o 52 % de los votos, hubiera sido una victoria determinante, sin margen para dudas. Pero no quisimos o no supimos, y ahora estamos pagando las consecuencias, con una oposición debilitada tanto en la Legislatura chaqueña como en el Congreso de la Nación.

No estábamos eligiendo gobernadores ni presidentes, pero sí estábamos eligiendo la fuerza que iba a poder frenar o no los proyectos legislativos de Milei y compañía. Ellos no lograron quórum propio ni mayoría propia, pero mejoraron mucho sus condiciones para imponer su agenda.

Reforma laboral, derechos en disputa y batallas que empiezan ahora

Cuando hablo de su agenda, hablo de cuestiones muy concretas: una reforma laboral, una reforma previsional que toque jubilaciones, montos y edad para jubilarse, y posibles reformas al Código Penal. Dicho en buen romance, la reforma laboral que se cocina apunta lisa y llanamente a recortar derechos laborales que se consiguieron con lucha desde hace décadas, en la Argentina y en el mundo.

Particularmente desde 1943 y 1945, cuando el coronel Perón, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, empezó a convertir en leyes un modelo de país donde los derechos de los trabajadores tenían un lugar central, mejoraban el bienestar y aumentaban el poder adquisitivo del pueblo trabajador.
La historia demuestra que estas reformas flexibilizadoras, que se venden con el verso de que “así se genera trabajo”, son una falacia. No lo digo yo solo: lo muestran la experiencia argentina y la del mundo.

Cada vez que estas recetas avanzaron, el pueblo perdió trabajo, perdió poder adquisitivo y perdió estabilidad laboral. Por el contrario, cuando se fortalecieron derechos y salarios, cuando hubo políticas salariales que consolidaron el ingreso de los trabajadores, creció el mercado interno, se produjo más, se vendió más, se consumió más y se generaron nuevos puestos de trabajo. Es ahí donde se mueve de verdad la economía, cuando el pueblo trabajador tiene capacidad de consumo, no cuando se abarata su vida para engordar la rentabilidad de los grandes empresarios.

Por eso insisto en que estas reformas son retrógradas y reaccionarias, funcionales a la derecha, a la ultraderecha y a los sectores pro oligárquicos que concentran la riqueza. No buscan “crear mejores condiciones para acceder al trabajo”, buscan abaratar el costo laboral para mejorar las ganancias de una minoría. La pelea que viene no se reduce al calendario del 2027. Empieza ahora. Desde diciembre, con una nueva configuración del Congreso, vamos a tener que dar batalla cada vez que intenten avanzar con estas leyes, muchas veces aprovechando las vacaciones de verano para intentar aprobarlas entre gallos y medianoche, como ya lo vimos otras veces en nuestra historia.

Esa batalla va a tener dos escenarios. Uno será institucional, en el Congreso nacional y en las legislaturas provinciales, donde habrá que discutir, votar y, en lo posible, frenar estos proyectos. El otro, que me atrevo a decir que puede ser determinante, estará en las calles. Las grandes discusiones de este país se resolvieron siempre con pueblo en la calle, con ciudadanía y juventud comprometidas, reclamando, resistiendo y proponiendo.

Seguramente tendremos vacaciones con mucha tarea, con mucha presencia y con mucha vocación de participar en las actividades que exijan las circunstancias. Parte de esa participación va a ser entender que el lugar de la lucha no es solo el recinto legislativo, sino también las plazas, las marchas, los espacios donde se expresan el trabajo y la producción.

Por eso cierro volviendo al eje de esta reflexión: necesitamos una autocrítica profunda y caminos de verdadera humildad que permitan reconstruir la unidad del Frente Nacional, Popular y Democrático. Ese frente debe ser un abrazo lo suficientemente amplio y firme como para incluir a todos los que transitamos un camino de oposición medianamente sincero, legítimo y auténtico a Milei, a la derecha, a la ultraderecha y a los sectores pro oligárquicos.

La discusión no es dentro de dos años. La discusión es mañana. Y ahí tenemos que estar.