Por Oscar Meza
Yo no voy a distraerme con el cambio de nombres en un gabinete. Lo urgente es otra cosa: el intento de reinstalar ideas regresivas sobre el mundo del trabajo. Hablo de propuestas como las 12 horas de jornada y el desarme de derechos conquistados con sangre y huelgas durante más de un siglo. No lo digo por nostalgia, lo digo por historia: la lucha por las 8 horas es anterior a 1945 y no nació en la Argentina. Nació en ese capitalismo incipiente y deshumanizante de fines del XIX, con los mártires de Chicago como emblema y con mujeres que dieron la vida por igualdad y por terminar con el trabajo infantil. Hoy pretenden vestir de “modernización” un retroceso infame. No lo vamos a aceptar.
Qué está en juego
Si alguna reforma laboral mejora la vida del hombre y la mujer de trabajo, bienvenida. Pero lo que proponen hoy desde el gobierno de Milei y su entorno político no es eso. Es reimponer una lógica de explotación que creíamos superada: jornadas extendidas, flexibilización sin red, y el viejo truco de culpar al peronismo por derechos que el movimiento obrero mundial conquistó décadas antes. Mientras algunos repiten como mantra a empresarios admirados por su cinismo, yo miro la evidencia: hay países discutendo reducir la jornada a seis horas o la semana a cuatro días gracias a la tecnología que elevó la productividad. Nosotros, en cambio, ¿vamos a copiar a los que celebran 17 horas de trabajo como si fuera una epopeya? No. Eso no es futuro, es servidumbre con marketing.
Política, soberanía y la calle
Lo más triste es ver a dirigentes locales que ayer honraban a Yrigoyen o Alem y hoy se acomodan para no perder un cargo. La historia de nuestra soberanía energética lo prueba: Mosconi e YPF nacieron de una ética nacional que hoy algunos entregan con una facilidad obscena. Tampoco me sorprende el diálogo vacío de ciertos gobernadores, más ansiosos por conceder que por defender. Si la CGT es columna vertebral, que lo demuestre en la calle, donde siempre se definieron las grandes conquistas. No se trata de ganar o perder una elección; se trata de no resignar las banderas que dieron sentido a la Argentina del trabajo.
Memoria chaqueña para el presente
Permitime un símbolo cercano: nuestra estatua de La Nueva Argentina en Villa Monona, Barranqueras. El historiador Abel Ortigoza recupera en su libro “El silencio de la estatua” las fechas que alguna vez la acompañaron: el 17 de octubre de 1945, el primer triunfo justicialista y la Constitución del 49, la que elevó los derechos sociales a rango constitucional. No es arqueología: es un recordatorio de que los derechos no se heredan, se defienden. Si hoy algunos quieren borrar ese camino, que sepan que vamos a dar la pelea pública, pedagógica y en la calle, con convicción y esperanza.
Firmo esto no para quedarme en el pasado, sino para impedir que nos roben el futuro. Las 8 horas no se negocian. Y si hace falta repetir la lección, la repetiremos hasta que se entienda.

