El enfrentamiento discursivo entre Gustavo Marangoni y Luis Caputo dejó al descubierto, otra vez, la fragilidad del debate económico en la Argentina. Esta vez, el politólogo y expresidente del Banco Provincia cuestionó de manera directa el plan oficial y la figura del ministro de Economía, mientras que Caputo eligió responder con chicanas en redes sociales, apelando más a la descalificación personal que a la discusión técnica.
Marangoni había calificado el programa económico como “suicida”, señalando que un dólar artificialmente barato, sostenido con endeudamiento y apertura comercial indiscriminada, conduce a un callejón sin salida. Lo central de su planteo fue advertir que detrás de esa decisión no hay visión productiva: “El ministro nunca pisó una fábrica”, remarcó, asociando la política actual a una lógica estrictamente financiera, alejada de la generación de empleo y dólares genuinos.
Caputo tardó casi un día en contestar, pero lo hizo con dureza: “¿Cuánto facturaste por ese comentario Marangoni?”, lanzó en su cuenta de X. Aseguró además que la gestión redujo en 60.000 millones de dólares la deuda consolidada, contrastando con los 314.000 millones que —según él— sumaron administraciones anteriores. Y cerró con un golpe personal: “Convengamos que vos de producir no vas a vivir nunca…”.
El cruce, lejos de quedar ahí, tuvo réplica. Marangoni lo acusó de evadir la discusión seria y de sostener un modelo que expone al país a rescates recurrentes. “En lugar de agredir por redes podría dedicarse a trabajar seriamente”, lo cruzó.
La disputa se da en un contexto donde el gobierno de Javier Milei se apoya en señales externas para sostener su programa: el respaldo de Donald Trump a la reelección del mandatario y la promesa del secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, de asistir con un Fondo de Estabilización Cambiaria. Pero esos gestos todavía no se tradujeron en medidas concretas que alivien la presión sobre la economía real.
La pelea entre un ministro y un analista no es menor: deja al desnudo la brecha entre la narrativa oficial, que se aferra a indicadores financieros, y las advertencias de quienes señalan el impacto social y productivo de esas políticas. Una grieta que, lejos de saldarse, vuelve a profundizarse.
Fuente: La Nación

