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marzo 6, 2026

Milei frente a una policrisis que combina corrupción, mala gestión y promesas incumplidas

El gobierno de Javier Milei atraviesa uno de los momentos más delicados desde su llegada al poder. La filtración de audios de Diego Spagnuolo, ex titular de la Agencia Nacional de Discapacidad, abrió un escándalo que compromete a Karina Milei y Eduardo “Lule” Menem, con menciones incluso al propio presidente. La reacción oficial, marcada por el silencio y la ausencia de explicaciones, sorprendió a propios y ajenos, en especial en una administración que se caracterizó hasta ahora por una sobrecomunicación constante.

El caso es particularmente grave porque se inscribe en un contexto de incertidumbre que atraviesa todos los niveles: judicial, reputacional, económico y político. No se trata de un hecho aislado, sino de la superposición de distintas crisis que, en conjunto, conforman lo que en análisis político se denomina una policrisis.

En primer lugar, emerge la decepción de gestión. Milei había prometido un cambio disruptivo en pocos meses, pero las expectativas iniciales se deterioran con el paso del tiempo y la sensación de estancamiento se consolida. A esto se suma una crisis por conductas desviadas: las acusaciones de corrupción no solo ponen en tela de juicio la ética gubernamental, sino que lo hacen en un área extremadamente sensible como la discapacidad, donde cualquier indicio de irregularidad se amplifica socialmente. El tercer nivel es la mala gestión, con el antecedente del caso fentanilo y las muertes que expusieron fallas estructurales en el Estado.

Estos tres frentes se combinan y colocan al oficialismo bajo un juicio simultáneo de la ciudadanía, la oposición política, los medios de comunicación y la Justicia. La situación se agrava por el recuerdo de episodios recientes: la represión a manifestantes vinculados a la discapacidad, la difusión de noticias falsas y el estilo moralista con el que Milei y sus funcionarios repitieron que “no son casta ni corruptos”. La acumulación de crisis anteriores que nunca se cerraron, como el caso Libra o las disputas internas por poder y financiamiento, alimenta la percepción de que el gobierno vive en un estado de conflicto permanente.

Las derrotas legislativas y el desgaste político también reducen los márgenes de maniobra. En ese marco, Milei enfrenta un dilema: si se desprende de funcionarios clave confirma la veracidad de las acusaciones, pero si los sostiene queda atrapado en un esquema de aislamiento y pérdida de credibilidad.

Por ahora, la cercanía de las elecciones atenúa los impactos inmediatos, pero el riesgo mayor es que la incertidumbre se consolide como la característica central de su gestión. En esa lógica, el gobierno no enfrenta una crisis puntual sino un entramado de decepción, corrupción y descontrol que amenaza con minar su autoridad y su estabilidad.

Fuente: Revistaanfibia