Benjamin Netanyahu se encamina a consumar la ocupación total de la Franja de Gaza en un movimiento empujado por sectores de la extrema derecha israelí y el lobby de colonos que desde hace años promueven la anexión forzosa del territorio palestino.
Tras más de diez meses de bombardeos ininterrumpidos, con más de 61.000 palestinos asesinados y una infraestructura completamente devastada, el primer ministro avanza hacia una política abiertamente genocida, en la que el objetivo no es ya combatir a Hamas, sino borrar del mapa a la población palestina.
La comunidad internacional, con Estados Unidos como cómplice principal, observa en silencio el avance de esta limpieza étnica en curso, sin que los organismos multilaterales ni las potencias que dicen defender los derechos humanos actúen con la firmeza que una situación así exige.
Desde la masacre iniciada el 7 de octubre de 2023, cuando un ataque de Hamas dejó 1.200 muertos y cerca de 250 secuestrados, la respuesta israelí se volvió completamente desproporcionada, apuntando a destruir hospitales, escuelas, campos de refugiados, centros de distribución de alimentos y convoyes humanitarios, en una estrategia que tiene como propósito despojar de todo sustento vital al pueblo gazatí.
Netanyahu ha convertido la guerra en un proyecto personal y político, desoyendo las advertencias de sus propios mandos militares, como el jefe del Estado Mayor Eyal Zamir, quien alertó que una ocupación total pondría en peligro a los rehenes israelíes aún en manos de Hamas. El primer ministro, en cambio, ha optado por acelerar la ofensiva y forzar al ejército a acatar decisiones que lo colocan en una zona de alto riesgo legal y moral ante los tribunales internacionales.
Mientras tanto, en el norte de Gaza, las tropas israelíes ya controlan el 75% del territorio y el desplazamiento forzado de más de dos millones de personas avanza con brutales consecuencias humanitarias. Desde la ONU, desde la Corte Penal Internacional y desde la Corte Internacional de Justicia han surgido declaraciones y órdenes que intentan frenar el exterminio, pero todas han sido sistemáticamente desoídas, al amparo del veto estadounidense y la pasividad europea.
La ocupación de Gaza, sumada al avance sobre Cisjordania, configura un proyecto de anexión territorial y aniquilamiento poblacional que recuerda los peores crímenes del siglo XX, pero en este caso transmitido en tiempo real y con la anuencia de un orden global que ya no se escandaliza ante la barbarie.
Netanyahu no está combatiendo al terrorismo: está eliminando deliberadamente a un pueblo, y lo hace con la fría racionalidad de quien no encuentra límites ni en su propia institucionalidad ni en la comunidad internacional que, con su silencio, termina siendo cómplice del crimen de Lesa Humanidad.
Fuente: Pagina12

