Israel volvió a cruzar una línea internacional al bombardear la capital siria, Damasco, incluyendo el cuartel general del ejército nacional. La ofensiva, que Tel Aviv justifica como “protección” a la población drusa del sur sirio, ocurre en medio de una rebelión interna que ya se ha cobrado más de 300 vidas y sin respetar siquiera el pedido formal de Estados Unidos para detener sus ataques.
Lejos de promover la estabilidad en la región, el gobierno israelí aprovecha una crisis local para imponer, por la vía armada, su agenda geopolítica. Bajo el pretexto de asistir a una minoría religiosa, bombardea edificios en plena capital siria, violando una vez más el derecho internacional y las fronteras de un país soberano. La excusa de “proteger a los drusos” apenas disimula una política histórica de intervención y castigo preventivo que ha caracterizado la conducta israelí en Medio Oriente.
El ataque coincidió con el colapso de un alto el fuego en Sweida, ciudad drusa en el sur de Siria, donde los enfrentamientos entre milicias locales y tribus beduinas se agravaron tras una serie de secuestros. En vez de mediar o colaborar en la contención del conflicto, Israel optó por el bombardeo selectivo, multiplicando el riesgo para la población civil e ignorando los intentos sirios —con todas sus limitaciones— de restablecer la calma.
La respuesta de Tel Aviv no fue solo militar. El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, amenazó públicamente con una escalada aún mayor si el ejército sirio no se retira del sur del país. Con una arrogancia que desafía toda legalidad internacional, Israel actúa como potencia ocupante, imponiendo condiciones en territorio ajeno y reforzando su presencia militar en la frontera siria. Netanyahu, por su parte, reivindicó como “obligación” la defensa de la región suroeste de Siria como zona desmilitarizada, en un acto de soberbia colonial que desconoce cualquier noción de soberanía.
El doble discurso de Israel también queda al descubierto en su selectiva empatía por la comunidad drusa. Mientras los integra a sus propias fuerzas armadas y los muestra como ejemplo de “integración”, utiliza esa misma identidad para justificar bombardeos sobre otro país. La instrumentalización de los drusos revela la lógica oportunista y utilitaria de la política israelí, que nunca ha dudado en usar causas humanitarias como pantalla para imponer control territorial o castigar adversarios estratégicos.
Incluso Estados Unidos, tradicional aliado de Israel, expresó públicamente su preocupación. El secretario de Estado Marco Rubio pidió el fin inmediato de los ataques. Según reportó Axios, la administración Trump solicitó expresamente a Israel cesar las acciones militares, sin éxito.
En Siria, el gobierno responsabilizó a las milicias drusas de romper el cese de fuego, pero aun así intentó reinstaurarlo con acuerdos locales y nuevos puntos de control. Frente a ese intento, imperfecto pero real, Israel respondió con fuego aéreo. Las cifras son estremecedoras: según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, más de 300 muertos hasta el miércoles, entre ellos numerosos civiles, incluyendo niños.
La ofensiva israelí no se limita a ataques aéreos. Las fuerzas militares de ese país también han ocupado desde hace años zonas de amortiguamiento en los Altos del Golán —anexadas en 1981 en una ocupación que ni siquiera la ONU reconoce— y han ejecutado cientos de bombardeos sobre posiciones sirias con total impunidad.
En Jaramana, cerca de Damasco, familiares buscan desesperadamente noticias de sus seres queridos atrapados en Sweida. Evelyn Azzam, de 20 años, relató que su esposo recibió un disparo en la cadera mientras viajaba por trabajo y era interrogado por su supuesta pertenencia a una milicia. Desde entonces no ha tenido noticias. El drama humano, como siempre, queda opacado por el estruendo de las bombas.
Siria atraviesa una etapa frágil tras el derrocamiento del régimen de Al-Assad en diciembre. El nuevo liderazgo —aún sin consolidación real— enfrenta desafíos enormes en un país devastado por 14 años de guerra civil. En ese contexto, la agresión israelí no solo es irresponsable: es abiertamente criminal. Alimenta el caos, impide procesos de reconciliación y refuerza el ciclo de violencia que castiga a la población civil desde hace más de una década.
La impunidad con la que Israel opera sobre territorio sirio es una señal alarmante de la descomposición del orden internacional. El derecho internacional, las fronteras, los acuerdos de paz, las resoluciones multilaterales: todo queda relegado cuando una potencia decide actuar por la fuerza. Y una vez más, quienes pagan el precio son los más vulnerables.
Fuente: La Nacion

