Mientras miles de hogares argentinos reciben boletas de energía impagables, sin subsidios y con tarifas que suben sin freno, el empresario José Luis Manzano —ex ministro menemista devenido magnate del sector energético— protagoniza un episodio digno de sátira: su yate de lujo, valuado en 100 millones de euros, se incendió en la exclusiva Costa Azul francesa, posiblemente por un cortocircuito en el sistema eléctrico.
El Sea Lady II, de 40 metros de eslora y 450 toneladas, estaba amarrado en el puerto de Saint-Tropez cuando se desató el fuego el jueves al anochecer. Aunque los bomberos marítimos trabajaron durante horas para apagar las llamas, no hubo víctimas. Solo dos tripulantes resultaron afectados por la inhalación de humo y debieron recibir asistencia. No había huéspedes a bordo, pero algunos pasajeros registrados fueron evacuados y alojados en hoteles.
La embarcación, que en temporada alta se alquila por 90 mil dólares semanales para recorrer la Riviera francesa o la costa amalfitana italiana, es administrada por una consultora especializada en gestión fiduciaria. Es decir, no figura directamente a nombre de Manzano, pero sí responde a sus intereses, que él mismo no oculta: suele pasar buena parte del año en Ginebra y había planeado estar en Saint-Tropez en agosto, donde se encontraría con el chef mendocino Lucas Bustos, con quien comparte afinidades y negocios gastronómicos como el restaurante Gurisa, recientemente inaugurado en Madrid.
Construido en 1986 por el astillero británico W.A. Souter & Sons y diseñado por el célebre Don Shead, el Sea Lady II ha tenido varios nombres en su historia. Originalmente se llamó Argolynne, luego Irina M y, hasta 2019, D’Angleterre II. El yate actual fue remodelado con interiores en teca y tonos naturales, cuenta con motores Caterpillar y una autonomía de 3.500 millas náuticas. Según publicaciones especializadas, se encuentra entre el 30% de las mejores naves de lujo del mundo. Navega bajo bandera de Malta.
Tras el incendio, el puerto fue cerrado durante más de un día. Se temía un derrame de combustible, pero una primera inspección descartó entrada de agua o fugas. Las autoridades redujeron la velocidad permitida para navegar en la zona y desplegaron barreras de contención para evitar la dispersión de los químicos usados por los bomberos. La embarcación quedó escorada, y aunque no se hundió, aún se analiza su estado estructural.

Las imágenes del yate humeante circulan en redes junto a una pregunta inevitable: ¿adónde va el dinero de las facturas de luz cada vez más caras en Argentina? En momentos en que hospitales como el Garrahan denuncian falta de recursos para funcionar, y cuando millones de argentinos deben elegir entre pagar servicios o comer, resulta difícil no ver en este incidente un símbolo obsceno del contraste entre quienes pagan la energía y quienes se enriquecen con ella.
El cortocircuito no fue solo eléctrico: también fue ético y simbólico. Mientras a los ciudadanos se les exige austeridad, resignación y ajuste, uno de los arquitectos del mapa energético actual disfruta de una vida de lujos en altamar. El fuego no alcanzó al sistema, pero sí dejó al descubierto su verdadero rostro.
Fuente: Clarín

