Un martes frío y sin celulares, en una casa prestada de Tucumán, un grupo de representantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata puso por escrito algo que ya era un hecho: la voluntad de ser libres. Corría el 9 de julio de 1816 y, tras seis años de guerra contra el dominio español, el Congreso reunido en San Miguel de Tucumán declaró la independencia “del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli, y de toda otra dominación extranjera”.
La decisión no fue improvisada ni unánime desde el principio. La revolución de 1810 había abierto una etapa incierta, con avances y retrocesos, luchas internas y frentes externos. Para 1816, las amenazas venían por varios flancos: el regreso de Fernando VII al poder en España, el aislamiento diplomático, y la fragilidad de una unidad que, en los papeles, abarcaba desde el Alto Perú hasta la Banda Oriental, pero en los hechos se resquebrajaba.
La sesión de independencia se realizó en la casa de Francisca Bazán de Laguna, adaptada para albergar a los congresales. Habían llegado desde distintos puntos del territorio, aunque varias provincias del Litoral, enfrentadas con el centralismo porteño, no participaron. Aun así, los presentes firmaron un documento histórico que marcó el nacimiento formal de una nación independiente, aunque todavía sin nombre definitivo (recién en 1819 se adoptaría oficialmente “Provincias Unidas del Río de la Plata”).
El acto no se limitó a cortar lazos con España. Unos días después, el Congreso amplió el concepto: la ruptura era “con toda otra dominación extranjera”, una expresión que sigue resonando en cada época de dependencia económica, política o cultural.
Hoy, a más de dos siglos de aquella declaración, Argentina sigue enfrentando desafíos profundos de soberanía, justicia social y equidad territorial. La independencia no es un punto de llegada sino una tarea diaria. El 9 de julio es, en todo caso, una excusa valiosa para recordar que hubo un momento en que decidimos dejar de ser súbditos para intentar ser ciudadanos.
Y si hoy el destino de la patria parece estar en juego, que no nos gane la indiferencia. Seamos solidarios, defendamos la dignidad colectiva y vivamos la verdadera libertad: la de convivir con amor y respeto al prójimo.

