Este 1° de julio se cumplen 51 años del fallecimiento de Juan Domingo Perón, tres veces presidente de la Nación y figura central de la política argentina. El líder justicialista murió en la Quinta Presidencial de Olivos el 1° de julio de 1974, víctima de un paro cardíaco que puso fin a una carrera política marcada por el peronismo y la movilización social.
Perón sufrió un agravamiento de su cardiopatía isquémica crónica que derivó en un primer paro a las 10:25 a.m., del cual fue reanimado, pero finalmente falleció a las 13:15 p.m. Ese mediodía, su esposa y entonces vicepresidenta, María Estela Martínez de Perón, anunció la noticia al país, desatando una jornada de duelo nacional.

Durante los días siguientes, cientos de miles de argentinos desfilaron ante su féretro velado en el Congreso de la Nación, y más de un millón quedaron sin poder despedirlo, según registros de la época. Sus restos fueron inicialmente inhumados en Olivos y luego trasladados a la Cripta de la Quinta de San Vicente en 2006, donde descansan junto a Eva Perón.

A 51 años de su fallecimiento, el legado de Juan Domingo Perón sigue moldeando la Argentina contemporánea. Durante su primera presidencia (1946‑1952), su gobierno sentó las bases de un ambicioso Estado de bienestar: creó el Ministerio de Trabajo y Previsión Social, garantizó vacaciones pagas y aguinaldo, y promovió la sindicalización masiva bajo convenios colectivos que mejoraron sustancialmente los salarios de los trabajadores. Además, impulsó la gratuidad de la enseñanza universitaria en 1949 y el voto femenino en 1951, medidas que democratizaron el acceso a la educación y la política, respectivamente.

En el plano económico, Perón aplicó la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) mediante aranceles protectores y una fuerte intervención estatal en infraestructura y créditos a la producción. Esto dinamizó sectores como el automotriz —donde empresas locales e internacionales crearon miles de puestos de trabajo— y elevó el PBI argentino, aunque a costa de incipientes desequilibrios inflacionarios y dependencia de subsidios a la industria. Su política de nacionalizaciones, que incluyó ferrocarriles y servicios públicos, reforzó la soberanía económica pero generó tensiones con potencias extranjeras.

En lo político, Perón definió el “justicialismo” como tercera posición entre capitalismo y comunismo, exaltando la “soberanía política” y la “independencia económica”. Su diplomacia de no alineamiento durante la Guerra Fría reforzó vínculos con países latinoamericanos y naciones del bloque socialista, promoviendo el Consejo Latinoamericano de Paz y acuerdos comerciales con la URSS y Europa del Este. Este enfoque le granjeó un lugar destacado en organismos internacionales, como su presidencia del Consejo de Seguridad de la ONU en 1948.
El peronismo se transformó en un movimiento de alcance intergeneracional y global. Su combinación de populismo, justicia social y liderazgo carismático inspiró a líderes de diversos países y dejó una huella perdurable en corrientes políticas de América Latina y más allá. Hoy, formaciones políticas de Brasil, México y España reivindican aspectos del “modelo Perón” al buscar un equilibrio entre Estado fuerte y participación ciudadana. En Argentina, sus banderas sociales y laborales perduran en la agenda pública, mientras su figura sigue siendo objeto de intenso debate: héroe de la clase trabajadora para unos, caudillo autoritario para otros.

Perón legó así un paradigma de intervención estatal y movilización social que trascendió su tiempo y fronteras, consolidando un estilo político cuyo eco resuena aún en la realidad argentina y en movimientos de justicia social alrededor del mundo.

