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abril 7, 2026

Pascuas de humo: cuando el ruido no tapa el escándalo

Al Gobierno de Javier Milei le vendría perfecto que la conversación pública gire hacia cualquier otro lado. Lo intenta con insistencia, pero hay temas que no se dejan correr del centro de la escena. El escándalo que rodea al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, es uno de ellos. Y todo indica que seguirá ocupando titulares, más allá de los esfuerzos oficiales por diluirlo.

El domingo de Pascua fue una muestra de esa estrategia. El Presidente desplegó una actividad frenética en redes sociales, alternando entre la autopromoción de su columna sobre Adam Smith y una nueva ofensiva contra el periodismo. La intensidad del ataque no es novedosa, pero sí su sincronía: aparece justo cuando crece el volumen de las investigaciones y análisis sobre la situación interna del Gobierno.

La excusa esta vez fueron supuestos pagos provenientes de Rusia para instalar críticas mediáticas. Pero el alcance de los cuestionamientos presidenciales fue mucho más amplio, incluyendo a periodistas y medios sin vínculo alguno con esas denuncias. La lógica parece menos selectiva que funcional: si todo es sospechoso, nada es central.

Sin embargo, el problema persiste. El nombre de Adorni se repite por razones difíciles de neutralizar. Su rol institucional lo obliga a la exposición permanente, pero hoy esa visibilidad se vuelve incómoda. El exvocero, habituado al protagonismo, ahora evita hablar. No por falta de temas, sino por exceso de preguntas.

A eso se suma la acumulación de episodios que alimentan las sospechas. Desde el controvertido viaje de su esposa a Nueva York en el avión presidencial hasta investigaciones sobre su patrimonio, el caso crece en volumen y complejidad. No es un hecho aislado, sino una cadena de situaciones que se retroalimentan y sostienen el interés público.

Pero hay un elemento que potencia todo: la decisión política de sostenerlo. En un gobierno que no dudó en desplazar a cientos de funcionarios, la defensa cerrada de Adorni resulta llamativa. Dentro del propio oficialismo hay incomodidad, aunque pocos se animan a expresarla. La verticalidad en este punto es total.

Ese respaldo incondicional no logra cerrar la discusión; por el contrario, la amplifica. Porque cuando la evidencia se acumula y las explicaciones no llegan, el silencio no apaga el tema: lo vuelve más denso.

En ese contexto, cualquier polémica paralela, cualquier confrontación discursiva o teoría conspirativa funciona como intento de distracción. Pero no alcanza. El problema sigue ahí, ocupando espacio, marcando agenda y recordando que hay cuestiones que no se resuelven a fuerza de ruido.