Por Sergio Alvez
Desde Misiones
Las llamas serpentean entre los gajos secos de laurel y guatambú. Cruje al arder esa leña, mutando a brasa para calentar el agua y los primeros alimentos del día. Faltan pocos minutos para las cinco y el sol comienza a insinuar su claridad tras la silueta lejana de la biosfera Yaboty.
A medida que van despertando, niños, mujeres y hombres se congregan sobre la tierra, de cuclillas alrededor del fuego. La jaryi’i(abuela) Florinda, una de las mujeres con mayor edad (79) en toda la Comunidad Mbya Jejy, enciende el tabaco de su petyngua,pipa ceremonial elaborada con barro cocido, considerada un elemento primordial dentro de la espiritualidad Mbya Guaraní. El tabaco que arde en su cavidad fue cosechado en la última primavera, aquí mismo.
Luego de unas pitadas, Florinda pasa la pipa a Jorgelina, la mujer joven que permanece a su lado. Nadie habla. En el aire reina únicamente el canturreo madrugador de los pájaros selváticos. Florinda quiebra el silencio con una oración suave, casi murmurada. Luego, el joven Hugo apoya la pava negra y llena de agua sobre los troncos humeantes. Se reparten las batatas, cosechadas, peladas y asadas la noche anterior.
El mate, hecho con yerba que crece en árboles silvestres que se cortan en la comunidad, comienza a circular de mano en mano, mientras una de las adolescentes cuenta el sueño que tuvo durante la noche. Es un instante especial. Se comparte el alimento y se conecta con Nañderu (El Creador). Hasta que amanece y entonces, cada cual —chicos y grandes— tiene alguna tarea o misión que abrazar.

Territorio ancestral
Jejy ("palmera de palmito", en idioma) es una comunidad ubicada sobre una loma montaraz, dentro del municipio fronterizo de El Soberbio, a pocos kilómetros de uno de los atractivos naturales y turísticos más importantes de Misiones: los Saltos del Moconá.
La principal vía de acceso a la comunidad es la ruta provincial 15, un camino terrado ondulante y por tramos pedregoso, que nace en la ruta costera Papa Francisco. A su paso, esta ruta atraviesa chacras productivas, remansos de selva y pintorescos rincones semi urbanizados, entre los que destaca en cantidad poblacional, Colonia La Flor.
El territorio de la comunidad Jejy abarca 370 hectáreas, donde actualmente viven 50 familias. Está inserto dentro de la Reserva Natural Cultural de Papel Misionero (Rncpm), un espacio cuya posesión jurídica ostenta la empresa forestal Papel Misionero, y que comprende un total de 10.397 hectáreas. La reserva se creó en 1995 a través de la Ley Provincial 3256. Se trata de una compañía fundada en 1975 por el Estado Provincial, que en 1998 fue privatizada por el Grupo Arcor.
“Nuestros antepasados vivieron en estas tierras durante cientos de años. Hace un siglo atrás por ejemplo, sabemos que aquí vivían miles de guaraníes. Después llegó la empresa, hubo divisiones, peleas, engaños. Y así fue que nos dejaron solo 350 hectáreas”, le cuenta a Tierra Viva el cacique de la comunidad Jejy, Sergio Sosa.
Desde la empresa señalan: “La relación con las comunidades se fortalece a través de los años. Se firmó un convenio de reconocimiento de sus tierras y de cooperación mutua para el cuidado, conservación y preservación del área en el 2011. En este acuerdo territorial se le cedió 370 hectáreas de superficie para su asentamiento y la posibilidad de realizar algún tipo de cultivo, aunque igualmente tienen acceso en toda la reserva para sus artesanías, medicinas y supervivencia”.
La reserva forma parte del llamado Bosque Atlántico (o Mata Atlántica), uno de los ecosistemas más biodiversos del mundo, que se extiende originalmente por Brasil, Paraguay y Argentina, atesorando especies arbóreas milenarias y fauna endémica como el yaguareté o el gato onza. La exuberancia de su paisaje incluye bañados, arroyos, vertientes, lagunas de altura y cascadas.
En medio de esta espesura, se dispersan las viviendas de las familias que pueblan Jejy. Son construcciones hechas con barro, tacuaras, lianas de selva y coberturas de hojas de palmera pindó que se entrelazan formando un techo fresco e impermeable.
“Acá las familias siguen construyendo sus casas con los mismos materiales y la misma técnica que los mbya usamos desde siempre”, dice Hugo Sosa, un muchacho que a sus 18 años ya es uno de los voceros de la comunidad y quien hace las veces de puente entre Jejy y el “afuera” a través del uso de la tecnología y las redes sociales. A su vez, Hugo es nieto de Juvenil Sosa, hombre que con 97 años es la persona de mayor edad en la comunidad. “Aprendía mucho de mi abuelo y aunque él ahora habla poco, sigo aprendiendo. Tanto él como otras personas mayores me enseñaron la importancia de cuidar y respetar nuestra cultura y nuestro territorio”, asegura Hugo.
A su lado, la abuela Florinda lo observa con orgullo. Ella solo habla en guaraní. Hugo traduce: “La abuela cuenta que cuando ella tenía mi edad era normal ver yaguaretés aquí. Todos los días se cruzaban con ellos y no eran peligrosos para la gente. En esa época vivían acá unas 2000 personas y la aldea se llamaba Convite. Era una sola aldea, no estábamos divididos en varias comunidades como ahora”.

Preservar la cultura
Florinda también es partera. Cuando se le pregunta por la cantidad de partos que asistió, la abuela advierte que debieron ser cientos, pero no recuerda una cantidad exacta. Aún hoy, las mujeres de la comunidad siguen pariendo en su territorio y en el marco de los rituales ancestrales.
Además, la abuela es artesana, especializada principalmente en la cestería. Su sabiduría en la materia se traslada de generación en generación, especialmente a mujeres. “Los canastos se tejen con fibras de takuapi, tacuaras que se encuentran en el monte; y se pintan en base a tinta hecha con corteza de katigua”, traduce Hugo. Los símbolos y tramas que se plasman en los diseños de la cestería Mbya Guaraní están intrínsecamente ligados a la espiritualidad indígena.
En Jejy la producción de canastos se complementa con artesanías de fauna autóctona tallada en madera, pulseras y collares de semillas, y adornos que involucran plumas u otros elementos de la naturaleza. Estas piezas suelen ofrecerse al turismo en cercanías a los Saltos del Moconá o en el centro de El Soberbio, siendo un eje importante pero insuficiente para las economías familiares. “No siempre podemos salir a vender, y a veces la venta no es buena. Si bien acá tenemos nuestros alimentos, conseguir dinero es algo necesario y complicado para la comunidad”, afirma el cacique Sosa.
La necesidad de recursos económicos motivó recientemente una campaña solidaria encabezada por Hugo, tendiente a conseguir útiles escolares para los más de 90 niños y niñas que acuden a la Escuela Provincial de Frontera Bilingüe N° 836.
De esta iniciativa se hicieron eco, además de voluntades individuales, la organización Crisol Proyectos Sociales, que aportó kits escolares; y el Instituto Provincial de Estadística y Censos, ente que donó elementos de cartografía actualizados.
“En materia de educación podemos decir que estamos bien en el sentido de que todos los niños y adolescentes están yendo a la escuela, pero el desafío ahora es que podamos empezar carreras terciarias o ir a la universidad”, sostiene Hugo, quien está próximo a convertirse en la primera persona de su comunidad en iniciar la educación terciaria.
“Terminé la secundaria el año pasado y estoy por comenzar una tecnicatura en turismo en un instituto de la localidad de San Vicente. No soy el único que quiere seguir estudiando, acá hay jóvenes que quieren ser maestras, arquitectos, artistas; tenemos sueños pero la realidad es que todavía sigue costando muchísimo por la distancia y la falta de recursos económicos principalmente”, detalla el joven.
El cacique Sergio observa que la comunidad “los jóvenes están a salvo de muchos males que afectan a los jóvenes de otras comunidades que están más cerca de las ciudades, como por ejemplo la droga. Estando aquí se mantienen cuidados y alejados de esas cosas, pero también es cierto que es necesario que tengan oportunidades para formarse como profesionales en los casos que así lo deseen”.

Kokueí y medicina ancestral
Marzo es el mes de las paltas. En los patios de la comunidad Jejy los paltos garantizan sombra y fruta en iguales proporciones de abundancia. Junto a los limones y las guayabas, son de las de mayor presencia en esta temporada, aunque a la vez sean apenas una parte minúscula entre la enorme variedad de frutales que se extienden a lo largo y ancho de este territorio indígena. “En tiempo de jaboticaba llegan los monos y comen casi todo”, cuenta una niña que se acerca al visitante.
Ese caudal se suma a los alimentos que otorga el kokue’í (“chacrita”): mandioca, maíz, poroto y yerba, entre otros alimentos.
“Salvo harina, aceite y algunas cosas muy puntuales, en la comunidad nos alimentamos de lo que nos da la tierra y nuestro trabajo”, enuncia Hugo.
También la salud queda en buena medida en manos de la medicina ancestral, a su vez fuertemente arraigada al uso de un vademécum natural que la selva no escatima. La abuela Florinda enumera los yuyos más utilizados: ychapy, ychongy, para paraí. Toda dolencia tiene su remedio en las pohã ñana (hierbas medicinales).
“El estado general de salud de la comunidad es muy bueno, incluso el de las personas mayores, y eso hace que tengamos muy poca dependencia de la salud pública, aunque cuando hay picaduras de víboras o algún accidente más grave, nos vamos al hospital”, comenta el cacique.

Caminar en la selva
Hugo avanza por un sendero agosto de la selva, seguido por un enjambre de gurises. Cada tanto, se detiene para mostrar un árbol gigante o enseñar el nido de alguna de las cientos de especies de ave que habitan en las ramas. “Esta grapia tiene más de 250 años. Y aquel árbol de guatambún que se ve más allá, es más antiguo todavía”, explica Hugo. La caminata se torna amena y didáctica. El oxígeno puro estimula los pulmones y brinda bienestar. “Cuidamos la selva como a nuestra propia vida”, asevera Hugo.
El terreno declina y así el trillo se hace barranco, que muere en el paso de un arroyo. Bajo la superficie acuática asoma un suelo de piedras. En este punto se forma una especie de laguna de poca profundidad, contenida por un paredón natural desde donde cae abruptamente el cauce, formando una cascada de aguas limpias y espumosas.
Los niños descienden el barranco entre carcajadas, sujetándose hábilmente de lianas que crecen al ras de la tierra y conducen a la orilla del lago. Uno a uno se sumergen y nadan. “Este es nuestro pequeño paraíso”, sonríe Hugo.
Este tramo, nos dice el joven, es parte de un recorrido más amplio que forma parte del proyecto de turismo comunitario que Hugo y otros aldeanos vienen pergeñando desde hace un par de años. “La idea es recibir a turistas de todo el mundo, que quieran venir a conocer nuestra selva y nuestra cultura, nuestros rituales, compartir respetuosamente nuestra historia y nuestra forma de vivir”, indica Hugo.
El proyecto todavía está en etapa de preparación. Hugo confía en que su inminente ingreso a la tecnicatura en turismo le aporte herramientas útiles para aplicar en este emprendimiento: “Queremos construir una o dos casas de barro para quienes deseen hospedarse. También apuntamos a que puedan venir biólogos o fotógrafos interesados en observar la fauna tan rica que tenemos en nuestra selva. Todo apunta a generar ingresos cuidando la selva y no dañándola”.
Lo que ya está definido es el nombre: Jaguata ka'aguy , que en guaraní significa "caminar en la selva".
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