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marzo 5, 2026

Récord de suicidios y desesperanza en tiempos de Milei

Seis personas rescatadas en el Puente Chaco-Corrientes en solo una semana. Los casos en el país casi se triplicaron en 1 año.

Desde 2024, Argentina enfrenta una grave emergencia de salud mental que se traduce en números inéditos de suicidios e intentos de suicidio, en paralelo con un escenario económico marcado por incertidumbre, pobreza persistente y tensiones sociales que empujan a miles de personas a situaciones extremas.

Según los últimos datos oficiales del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), durante 2024 se registraron 4.249 suicidios en el país, una cifra que representa un récord histórico y supera la media mundial de 8,2 casos por cada 100.000 habitantes. En términos prácticos, se trata de una muerte autoprovocada cada dos horas. Los especialistas describen esta tendencia como una crisis sin precedentes en la salud mental argentina.

Pero las cifras más alarmantes provienen de 2025: hasta octubre de ese año se habían registrado casi 11.800 intentos de suicidio, lo que equivale a más de 33 episodios por día. Aunque sólo el 5 % de esos intentos llegó a consumarse, el volumen total indica un fenómeno de angustia colectiva que va mucho más allá del dato de fallecimientos.

En muchos casos, estos actos extremos afectan a personas jóvenes: los grupos de edades entre 15 y 34 años figuran entre los más vulnerables, con tasas particularmente altas en adolescentes y adultos jóvenes.

El contexto económico actual aparece como un factor clave detrás de este deterioro de la salud mental en la población. Aunque las cifras de pobreza han sido objeto de debate y variaciones a lo largo de 2024 y 2025, múltiples encuestas y relevamientos ubicaron en distintos momentos a una proporción cercana o superior al 40 % de la población bajo la línea de pobreza, con picos superiores en ciertos trimestres y en sectores vulnerables de la sociedad.

Esa situación de precariedad se combina con tasas de desempleo fluctuantes, alta inflación persistente y pérdida de expectativas económicas entre amplios sectores sociales, factores todos que investigaciones en salud pública señalan como estrechamente vinculados al aumento de trastornos como ansiedad, depresión y conductas suicidas.

La precariedad laboral y la inseguridad alimentaria, que afectan a millones de hogares, intensifican la sensación de falta de control sobre la propia vida, un elemento que, según especialistas, puede actuar como desencadenante en quienes ya atraviesan vulnerabilidad psíquica o social.

Organizaciones civiles y profesionales de la salud advierten que la crisis de salud mental no puede considerarse aisladamente de la situación económica general del país. Las políticas de ajuste fiscal, los recortes en programas de asistencia social y la falta de recursos adecuados para la atención psicológica y psiquiátrica refuerzan un círculo peligroso: con más familias golpeadas por la pobreza y menos redes de apoyo disponibles, las señales de alarma entre grupos vulnerables crecen.

En la última semana, hechos como los rescates de personas en crisis desde infraestructuras públicas, como puentes interprovinciales, han puesto en evidencia este cuadro dramático de forma simbólica y concreta. Cada historia personal se suma a estadísticas que, más allá de sus números, hablan de una demanda urgente: más inversión en salud mental, políticas económicas que disminuyan la precariedad, y acciones comunitarias que acompañen a quienes están al borde del abismo.

Mientras tanto, organizaciones y profesionales llaman a reforzar los dispositivos de prevención, promover campañas de concientización y ampliar el acceso a servicios de apoyo psicológico en todo el país, con especial atención a jóvenes y sectores socialmente desprotegidos.