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marzo 5, 2026

Ya cerraron más de 20.000 empresas


Manual libertario para negar la crisis: mientras bajan persianas, el Gobierno festeja exportaciones paupérrimas

En medio de una economía que acumula más de 20.000 empresas cerradas y casi 200.000 empleos privados destruidos desde fines de 2023, el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, eligió celebrar la exportación de tres pallets de miel rumbo a Dubái como símbolo del nuevo rumbo económico. La imagen, difundida como muestra de “apertura de oportunidades”, contrasta con los datos oficiales del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), que describen un escenario de contracción sostenida.

La industria, según los últimos registros, cayó 3,9% interanual en diciembre. La capacidad instalada ronda el 61%, un nivel que remite a los peores meses de la pandemia. En paralelo, el entramado productivo formal se achicó en miles de unidades. El fenómeno no distingue tamaño: afecta desde microempresas hasta plantas industriales de gran escala.

El propio Domingo Cavallo, exministro de Economía, definió el momento actual como estanflación: estancamiento con inflación. “Es lo más difícil de resolver, incluso más que una hiperinflación”, advirtió recientemente, al señalar que el freno de la actividad convive con costos y precios que siguen presionando.

El debate quedó expuesto en un cruce público entre el economista Federico Poli y Sturzenegger, donde se enumeraron más de veinte casos de industrias con cierres o despidos recientes. Poli cuestionó la estrategia de reducir inflación a costa de destruir capital productivo. El ministro respondió con ejemplos puntuales de exportaciones de nicho: miel catamarqueña, frutillas, maquinaria usada y paneles alimentarios.

Para críticos del modelo, esa lógica reemplaza la discusión estructural por anécdotas. Mientras se destacan envíos puntuales al exterior, la estadística muestra fábricas operando al 30% de su capacidad o directamente cerrando.

El caso de Fate sintetiza el dilema industrial. Con un tipo de cambio real que encarece la producción local frente a bienes importados, la planta funcionaba a un tercio de su capacidad antes de anunciar el cierre. Sectores textiles, metalúrgicos y de bienes durables enfrentan la misma ecuación: caída del consumo interno y competencia externa creciente.

Para el Gobierno, la apertura comercial corrige distorsiones y elimina ineficiencias. Para industriales y sindicatos, el resultado es un proceso de sustitución inversa: dejar de fabricar para importar. En ese esquema, las empresas que no logran competir con productos extranjeros pierden mercado y, finalmente, bajan la persiana.

La recesión no impacta solo en balances empresariales. Con salarios rezagados y menor acceso al crédito, las familias destinan cerca del 18% de sus ingresos al pago de préstamos y tarjetas, casi el triple que un año atrás. El consumo se retrae y retroalimenta la caída de la producción.

Cavallo reconoció que las reglas monetarias actuales no están claramente definidas y comparó el escenario con etapas iniciales de los años noventa. La diferencia, según economistas críticos, es que hoy la caída de empresas ocurre en un contexto de menor financiamiento productivo y mayor fragilidad social.

Más allá de la disputa política, el dato estructural es contundente: miles de empresas menos, capacidad industrial ociosa y empleo privado en retroceso. El contraste entre los pallets exportados y las fábricas cerradas expone el núcleo del debate: si el modelo actual está generando una transición hacia mayor competitividad o si, por el contrario, está acelerando un proceso de desindustrialización con consecuencias de largo plazo para la economía nacional.

Fuente: Página12