Argentina atraviesa un proceso de contracción empresarial que ya no puede explicarse como un ajuste sectorial aislado. Los datos acumulados desde fines de 2023 hasta comienzos de 2026 muestran un fenómeno más profundo: caída sostenida del número de empresas empleadoras, destrucción de empleo formal, cierre de plantas industriales emblemáticas y salida o venta de operaciones por parte de multinacionales.
El resultado es un escenario que distintos sectores productivos definen abiertamente como recesivo y que, en el plano industrial, empieza a describirse como un verdadero proceso de desmantelamiento.
La magnitud del retroceso
Según registros de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo y relevamientos sectoriales, entre noviembre de 2023 y octubre de 2025 desaparecieron cerca de 22.000 empresas empleadoras formales. En algunos períodos el promedio de cierres rondó las 30 firmas por día.
La provincia de Buenos Aires —núcleo industrial del país— concentró miles de esos cierres, con decenas de miles de empleos formales perdidos. En manufactura, la caída incluyó más de 2.000 establecimientos productivos vinculados a la industria física. A eso se suman micro y pequeñas empresas que cerraron en número aún mayor, configurando una contracción estructural del entramado productivo.
La construcción, la metalurgia, el comercio industrial y el transporte encabezaron las bajas, pero el fenómeno se extendió a alimentos, electrodomésticos y autopartes.
Grandes empresas que cerraron
El deterioro no se limitó a pymes. Varias compañías de peso en el mercado local cesaron producción o cerraron plantas:
• Fate — cierre de su histórica planta de neumáticos en San Fernando, con casi 1.000 trabajadores afectados.
• Whirlpool — cierre de su planta en Pilar.
• SKF — discontinuación de producción en Tortuguitas.
• TN Platex y otras textiles — reducción o cierre de instalaciones en un sector golpeado por la apertura importadora.
• Acerías y metalúrgicas regionales — múltiples cierres reportados en el último año.
Cada caso implica no solo pérdida directa de empleo, sino ruptura de cadenas de proveedores, logística y economías regionales.
Empresas en riesgo
A la lista de cierres se agregan compañías que atraviesan situaciones críticas:
• Granja Tres Arroyos — con cientos de puestos en riesgo en el sector avícola.
• Cresta Roja — con dificultades financieras persistentes.
• Georgalos — paralización parcial de producción y suspensión de hasta 600 trabajadores en su planta de Victoria.
Son empresas con peso en alimentos y consumo masivo, sectores históricamente vinculados al mercado interno. La caída del consumo y la presión de productos importados aparecen como factores centrales en su deterioro.
Salida de multinacionales
En paralelo, el país registra un fenómeno preocupante: la salida o venta de activos por parte de empresas internacionales.
Entre las operaciones concretadas recientemente se destacan:
• Equinor — venta de activos en Vaca Muerta.
• Telefónica — venta de su filial argentina.
• Otras multinacionales del sector energético, financiero y automotor que redujeron exposición o vendieron participaciones locales en los últimos meses.
Al mismo tiempo, otras firmas evalúan su continuidad:
• Shell — con especulaciones sobre reducción de presencia en activos no estratégicos.
• Grupos del retail internacional — que enfrentan caídas de consumo y presión cambiaria.
El saldo de inversión extranjera directa registró valores negativos, algo inusual en las últimas dos décadas. No solo no ingresan capitales nuevos en magnitud relevante, sino que se retiran los ya instalados.
Recesión e “industricidio”
El rasgo común de este escenario es la combinación de recesión interna, apertura importadora acelerada y pérdida de competitividad industrial por atraso cambiario en términos reales.
Mientras el consumo interno se contrae y el financiamiento productivo se encarece, se habilita una mayor competencia de bienes importados en sectores sensibles como neumáticos, textiles, electrodomésticos y alimentos procesados.
Para amplios sectores fabriles, la ecuación es inviable: caída de ventas, costos en dólares crecientes y mercado local inundado de productos externos.
Críticos del rumbo económico señalan que el modelo prioriza la estabilidad financiera de corto plazo, el carry trade y el ingreso especulativo, pero no la sostenibilidad del aparato productivo. La consecuencia sería un proceso de “primarización” y desindustrialización progresiva.
La discusión ya no es solo coyuntural. Cuando cierran plantas con décadas de historia y se pierden miles de empleos industriales calificados, se erosiona capital humano, tecnológico y productivo difícil de reconstruir.
Si la tendencia continúa, Argentina podría consolidar un perfil cada vez más dependiente de importaciones y menos capaz de generar valor agregado interno. Para sectores industriales y sindicales, el país enfrenta el riesgo de desarmar las bases de su industria nacional en nombre de una apertura que no está generando, al menos por ahora, una compensación equivalente en inversión productiva.
La pregunta que queda abierta es si este proceso es una transición hacia un nuevo modelo sostenible o el inicio de una pérdida estructural de capacidades que costará años revertir.

