Desde "Los tamales de Noriega", y ahora Nicolás Maduro el "narcoterrorista" y Gustavo Petro, "narcotraficante". Con Brasil Trump no se animó (por ahora)
El 20 de diciembre de 1989, Estados Unidos invadía Panamá bajo el pretexto de “restaurar la democracia” y “combatir el narcotráfico”. En realidad, la operación —bautizada con ironía “Causa Justa”— respondía a intereses geopolíticos mucho más concretos: proteger los negocios norteamericanos, preservar el control estratégico del Canal y evitar el cumplimiento pleno de los Tratados Torrijos-Carter, que obligaban a Washington a devolver la soberanía sobre esa vía interoceánica en el año 2000. La cifra oficial de muertos, más de 500 según el Pentágono, fue desmentida por organismos humanitarios que contaron más de un millar de víctimas panameñas.
La anécdota de los “tamales de Noriega”, cuando agentes de la DEA confundieron comida envuelta en hojas de plátano con paquetes de cocaína, sintetizó la grotesca justificación de aquella invasión. Detrás de la propaganda antinarcóticos, la administración Bush —heredera de la doctrina Reagan y de los documentos de Santa Fe— consolidaba una política de intervención regional que combinaba contrainsurgencia, control económico y manipulación mediática.
Treinta y cinco años después, el libreto apenas ha cambiado. Con Donald Trump nuevamente en la Casa Blanca, el discurso de la “guerra contra el narcoterrorismo” reaparece como coartada para intervenir o desestabilizar a gobiernos que no se alinean con Washington. El guion se repite: acusaciones sin pruebas, recompensas millonarias, y una narrativa moralista que encubre la vieja ambición por las materias primas, el control territorial y la subordinación política.
En 2025, los “tamales de Noriega” se transforman en “narcolanchas”, y las fotografías difusas o los informes sin respaldo de la DEA sirven para acusar a Nicolás Maduro de ser el “mayor narcotraficante del planeta”. Incluso se le adjudican cárteles inexistentes o asociaciones imposibles, con el solo propósito de legitimar sanciones e intervenir militarmente. A su vez, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, es señalado de cómplice y narcoterrorista, en un montaje que recuerda las estrategias de difamación de la Guerra Fría.
Mientras tanto, Estados Unidos busca en la región nuevos aliados dispuestos a refrendar el relato: gobiernos conservadores en Ecuador, Paraguay, Argentina o República Dominicana se alinean sin reparos. En Panamá, el actual presidente José Raúl Mulino —antiguo canciller del mandatario impuesto por Washington en 1989— otorga a la DEA, la CIA y los marines amplios privilegios en un país que ni siquiera tiene ejército. Así, bajo la fachada de cooperación, la soberanía panameña vuelve a diluirse.
La historia parece circular: los “tamales de Noriega” regresan, reencarnados en excusas mediáticas para justificar el intervencionismo. Pero el fondo es el mismo: una política imperial que se niega a aceptar la independencia real de América Latina.
Fuente: Resumen latinoamericano

