En una decisión que generó sorpresa y controversia, el gobierno de Javier Milei resolvió cancelar el tradicional desfile militar del 9 de Julio, apenas un año después de haberlo recuperado con gran despliegue tras su ausencia durante toda la gestión de Alberto Fernández. Fuentes del Ministerio de Defensa confirmaron que el acto no se realizará “por motivos de ahorro fiscal”, en línea con el discurso de ajuste que sostiene el oficialismo. Sin embargo, el trasfondo de la decisión sugiere algo más que una simple cuestión presupuestaria.
El año pasado, el desfile fue presentado por el propio Milei como una reivindicación de las Fuerzas Armadas y una demostración de fuerza patriótica. Más de 6.000 efectivos desfilaron junto a 2.000 veteranos de Malvinas por la avenida del Libertador, en lo que fue un acto cargado de simbología nacionalista y respaldo institucional. La foto más comentada de esa jornada fue la del Presidente, sonriente sobre un tanque, junto a la vicepresidenta Victoria Villarruel. Paradójicamente, también fue la última vez en que se los vio unidos públicamente.
Desde entonces, la relación entre Milei y Villarruel se tensó, con episodios públicos de desacuerdo y un visible distanciamiento. La cancelación del desfile —que tradicionalmente involucra al Ministerio de Defensa, área bajo influencia de la vicepresidenta— podría también leerse como una señal política interna, en medio de una disputa de poder que el Gobierno se esfuerza por minimizar pero no logra ocultar.
En términos económicos, el argumento del ahorro suena razonable en un contexto de recortes generalizados. El desfile de 2024 costó más de 720 millones de pesos; actualizado por inflación, este año habría demandado cerca de 1.000 millones. Sin embargo, el gesto también exhibe un cambio de prioridades: mientras se promueve una agenda de reivindicación de valores tradicionales y se invierte en propaganda oficial, se decide suspender uno de los actos más emblemáticos del calendario patrio.
La medida retoma, aunque por razones diferentes, el camino iniciado por Néstor Kirchner, quien en 2004 decidió discontinuar los desfiles militares como parte de una política de distanciamiento simbólico con las Fuerzas Armadas, tras décadas marcadas por su rol en dictaduras. Ni Cristina Fernández de Kirchner ni Alberto Fernández retomaron el evento. Mauricio Macri lo rehabilitó en 2016, y Milei, en su debut presidencial, lo transformó en una postal de su vínculo con la estructura castrense.
Ahora, en un giro sorpresivo, el Presidente da marcha atrás y deja a la fecha patria sin uno de sus actos más visibles, justo cuando intenta consolidar una narrativa épica en torno a su gestión. Lo que iba a ser una muestra de unidad institucional y fuerza simbólica se convierte, por decisión propia, en un silencio llamativo.
Así, el 9 de Julio transcurrirá sin tanques, sin marchas y sin tribunas oficiales. El gobierno apuesta a que el gesto se lea como austeridad, pero inevitablemente quedará abierto a múltiples interpretaciones. En tiempos donde el simbolismo pesa tanto como la economía, el vacío también comunica. Y mucho.
Fuente: Perfil

