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abril 8, 2026

No a la guerra: la Argentina no puede volver a arrodillarse ante aventuras ajenas

Por Oscar Meza

Hay momentos en los que una sociedad tiene la obligación moral, política e histórica de decir con claridad de qué lado está. Y este es uno de esos momentos. Por eso valoro profundamente la aparición del documento “No a la guerra”, impulsado por referentes de enorme autoridad ética y política de la Argentina, entre ellos Taty Almeida, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, y Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, junto a ex diplomáticos, intelectuales, referentes culturales, sindicales, sociales y políticos de nuestro país.

No estamos hablando de una consigna vacía ni de una postura romántica frente a la tragedia. Estamos hablando de una definición concreta frente a un escenario internacional que ya está atravesado por guerras reales, con pueblos arrasados, con civiles asesinados, con derechos humanos pisoteados y con una escalada que puede arrastrar a países enteros detrás de decisiones tomadas por dirigentes que juegan con la vida ajena como si el planeta fuera un tablero.

La Argentina tiene una tradición pacífica. No es una frase para repetir en actos escolares: es una línea histórica, política y diplomática que viene de lejos y que ha sido, además, compartida por gran parte de América Latina. Nuestra región ha sabido sostener, con dificultades y contradicciones, una identidad de paz. Y en el caso argentino, esa vocación además está expresada en la Constitución Nacional.

La Constitución no es un adorno

Acá hay un punto central que no se puede relativizar. La Argentina no puede involucrarse en un conflicto bélico por decisión caprichosa o por alineamiento automático del Poder Ejecutivo con potencias extranjeras. Para cualquier paso de esa naturaleza, se necesita el aval del Congreso de la Nación. Eso está establecido con absoluta claridad. Y sin embargo, lo que estamos viendo es una política exterior de sumisión, de obediencia ideológica y de irresponsabilidad institucional.

Javier Milei no está haciendo declaraciones al pasar. Está fijando una posición internacional que pone a la Argentina en un lugar de exposición innecesaria, peligroso y ajeno al sentimiento mayoritario de nuestro pueblo. Porque una cosa es la retórica estridente para consumo de redes y otra muy distinta es arrastrar a un país entero detrás de una lógica de guerra.

Y esto no se puede mirar como si fuera un espectáculo lejano. En Gaza y en Irán no hay hipótesis abstractas. Hay guerra. Hay muerte. Hay devastación. Hay una violación sistemática de derechos esenciales de la humanidad. Y frente a eso, el gobierno argentino no se planta desde el derecho internacional, desde la prudencia diplomática o desde la paz. Se planta desde una adhesión fanática a los sectores más agresivos del poder mundial.

La memoria también sirve para no repetir errores

En la Argentina no tenemos derecho a la ingenuidad. No podemos hacernos los distraídos frente a las consecuencias que puede tener una política exterior servil. Ya vivimos en nuestra historia reciente lo que significa quedar pegados a decisiones internacionales equivocadas, ajenas al interés nacional y subordinadas a estrategias geopolíticas que no eran nuestras.

Todavía están en la memoria colectiva los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA, en un contexto en el que la política exterior del menemismo había decidido jugar un papel de alineamiento automático con los Estados Unidos. Por eso, cuando advertimos sobre los riesgos de este presente, no estamos sembrando miedo ni inventando fantasmas. Estamos apelando a la memoria. Y un pueblo que pierde la memoria queda siempre más expuesto a la tragedia.

Por eso este llamado a la paz tiene un valor tan profundo. Porque no convoca a la pasividad. Convoca a la responsabilidad. Convoca a que las instituciones intermedias, los sindicatos, los gremios, las mutuales, las universidades, los organismos de derechos humanos y las representaciones legislativas digan algo ahora, mientras esto está ocurriendo.

Porque esto no es una tormenta que quizás llegue dentro de unos meses. Esto está pasando. Y en un contexto así, el silencio también toma partido.

Delirantes con poder

Hay que decirlo sin miedo a molestar a nadie: buena parte de los principales responsables de esta escalada mundial son dirigentes profundamente peligrosos. Donald Trump, Benjamín Netanyahu y quienes orbitan alrededor de esas posiciones expresan una lógica brutal, deshumanizada y profundamente temeraria. Y en esa lógica se inscribe, con entusiasmo casi fanático, el presidente argentino.

Yo uso la palabra con responsabilidad: son posiciones delirantes. Delirantes porque se despegan de la realidad concreta de los pueblos. Delirantes porque convierten la destrucción en estrategia. Delirantes porque hablan de civilización mientras naturalizan masacres, bloqueos, bombardeos y amenazas de exterminio.

Y si algo debe quedar en la memoria política de la sociedad argentina de acá al 2027, es precisamente esto: también se vota política exterior, también se vota paz o sometimiento, también se vota si queremos un país con dignidad soberana o una oficina periférica del fanatismo global.

Los medios también eligen de qué lado están

Hay otro tema que no se puede esquivar. En el mundo hay sectores mediáticos que funcionan como engranajes de la maquinaria de guerra. No informan: justifican. No explican: preparan el clima social para aceptar lo inaceptable. Y eso tampoco es casual. Hay negocios enormes detrás de las guerras. Hay industrias enteras alimentadas por la destrucción. Hay fortunas construidas sobre la sangre de pueblos enteros.

Hay gente que fomenta las guerras con la misma naturalidad con la que fomenta cualquier otro negocio. Y por eso es tan importante valorar a los medios, grandes o pequeños, modestos o con más alcance, que todavía entienden que informar también es una responsabilidad ética.

En estos tiempos oscuros, cada espacio que se anima a abrir el debate, a poner contexto y a no repetir como loro el discurso del poder, está haciendo un aporte real. No menor. Real.

Por eso celebro que se multipliquen estas voces, que se difunda este documento, que se sumen adhesiones y que desde cada rincón de la Argentina se reafirme algo que debería ser elemental: nuestro pueblo no tiene por qué pagar, acompañar ni legitimar guerras ajenas.

La paz no es tibieza. La paz, en este momento, es una posición política firme. Y defenderla también es defender a la Argentina.