Marzo se va y me deja una sensación serena. La de haber atravesado un mes intenso, cargado de recuerdos, de encuentros y de esos gestos que no son menores cuando se trata de sostener la memoria en tiempos difíciles. En Barranqueras, alrededor de una nueva conmemoración del 24 de marzo, volvimos a encontrarnos para compartir la proyección de El Encuentro y para reafirmar, una vez más, que la memoria, la verdad y la justicia no son una consigna vacía, sino una necesidad viva.


La actividad había sido pensada en principio para el 23, pero la lluvia obligó a reprogramarla y finalmente se realizó el sábado. Fue una jornada muy bien organizada por la Secretaría de Cultura y la Secretaría de Juventud del municipio, con una propuesta que no se agotó en la proyección del documental.
También hubo un espacio de intercambio, como suele pasar cada vez que la película convoca a pensar y a decir lo que duele, y después participamos de la restauración de un mural levantado en homenaje a la política de memoria, verdad y justicia y a quienes fueron víctimas del terrorismo de Estado. Acompañó también la actividad el director del documental, Pablo Deltin, cuya presencia le dio todavía más sentido a una noche atravesada por el recuerdo, el testimonio y la necesidad de seguir compartiendo esta historia con la comunidad.


Un acompañamiento que se siente
Tengo que decirlo con claridad: me sentí acompañado. Y cuando uno habla de estas cosas, cuando pone el cuerpo y la voz para recordar, sentirse acompañado no es un detalle. Estuvieron presentes funcionarios del municipio, referentes culturales, militantes, compañeros, vecinos y también mi familia. Mi esposa, mis hijas, gente cercana y querida. Hubo respeto, hubo afecto y hubo un modo de recibir y de estar que agradezco profundamente.


Debo reconocer también que, desde hace años, en Barranqueras siempre encontré una actitud considerada hacia mi persona y hacia todo lo que representa esta lucha. Me tocó vivirlo en otras gestiones y también ahora. Por eso quiero agradecer públicamente al intendente Roberto Benítez, a Paola Latyn, a los compañeros de Cultura y Juventud, a Nicolás Suárez, a Celeste Pared y a tantos otros que hicieron posible una noche tan sentida. No hablo solo de organización. Hablo de humanidad, de respeto y de la importancia de entender que estas fechas no pueden pasar como si nada.
También valoro especialmente la presencia de personas que han sido parte de luchas muy profundas en nuestra provincia, como quienes empujaron durante años causas judiciales emblemáticas como la de Margarita Belén. Todo eso le dio al encuentro una densidad especial. No fue una simple actividad cultural. Fue una forma concreta de decir que seguimos acá, que no olvidamos y que no estamos dispuestos a naturalizar el silencio.
Los 50 años del golpe, en un presente atravesado por el negacionismo
Este año no fue un aniversario más. Se cumplieron 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, una de las tragedias más graves de nuestra historia nacional. Y me parece que eso se sintió en la calle, en la participación, en la necesidad de estar, de recordar y de decir algo frente a este presente. Yo, por razones de salud, no pude participar de la movilización como hubiera querido, pero la acompañé espiritualmente. Recibí fotos, mensajes, testimonios de compañeros de acá y también de Córdoba, y pude ver que hubo una expresión masiva, sentida y honrosa en defensa de la memoria.

No creo que eso sea casual. Hay que entender el estado de ánimo del pueblo. No es fácil lo que está pasando en la Argentina. Estamos viviendo una etapa muy dura, marcada por políticas nacionales y también provinciales que, además de golpear en lo social y en lo económico, conviven con discursos negacionistas que pretenden relativizar lo ocurrido. Frente a eso, la sociedad responde. Responde con presencia, con memoria, con participación. Responde diciendo que hay límites que no está dispuesta a cruzar.
No subestimar la memoria del pueblo
A veces algunos creen que pueden manipular los sentimientos colectivos, usar símbolos patrióticos o forzar relatos convenientes para tapar el rechazo social. Ya pasó en la historia argentina. También por eso hay que mirar con cuidado, no dejarse arrastrar por operaciones y no subestimar nunca la memoria del pueblo. El pueblo argentino tiene historia. Tiene heridas, tiene conciencia y también tiene una reserva moral que aparece cada vez que intentan correrlo de su lugar.


Por eso, al cerrar este marzo, me queda la tranquilidad de haber sumado desde Barranqueras un pequeño granito más en esta tarea de recordar con dignidad. No es poca cosa. En tiempos de retroceso, recordar también es una forma de resistencia. Y mientras haya una comunidad dispuesta a sostener la memoria, a compartirla y a defenderla, habrá razones para seguir creyendo que la verdad y la justicia no son apenas una bandera del pasado, sino una responsabilidad del presente.



