La polémica por el uso del avión presidencial volvió a colocar al Gobierno en el centro de una discusión incómoda: la distancia entre el discurso de austeridad que predica y las prácticas que efectivamente adopta. La decisión del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, de llevar a su esposa, Bettina Angeletti, en el vuelo oficial que trasladó a Javier Milei a Nueva York no sólo generó cuestionamientos políticos, sino que volvió a poner bajo la lupa el manejo de los recursos públicos en una administración que se presenta como implacable frente al gasto del Estado.
El episodio salió a la luz cuando Radio Jai difundió una imagen de Adorni junto a su esposa dentro del avión presidencial. Hasta ese momento no había trascendido que Angeletti integrara la comitiva. La revelación desató un inmediato pedido de informes de la oposición en el Congreso y denuncias por una posible utilización indebida de bienes del Estado.
Lejos de ofrecer una explicación detallada, el jefe de Gabinete optó por minimizar el episodio. Durante el cierre del Argentina Week en Nueva York, aludió al tema de manera indirecta y lo calificó como un intento de empañar el evento. “No importa cuánto hayan intentado empañar este Argentina Week. Intentaron con mentiras, con fake news, con imágenes trucadas con inteligencia artificial”, dijo ante los asistentes en uno de los salones del Bank of America.
Más tarde, en diálogo con medios argentinos, redobló la estrategia de relativizar el hecho. “Es el no tema. Tienen que mirar lo que pasa acá. No están tomando magnitud de lo que está pasando”, afirmó, intentando encapsular la polémica.
Sin embargo, fue una frase suya la que terminó alimentando aún más las críticas. En una entrevista televisiva, Adorni justificó la presencia de su esposa en el vuelo oficial con un argumento que buscó apelar al sacrificio personal: “Vine una semana a deslomarme a Nueva York y quería que me acompañe”.
El problema no es sólo la explicación, sino el concepto que la sostiene. “Deslomarse” es una expresión que describe el esfuerzo físico de millones de trabajadores que todos los días sostienen su vida laboral en la calle, en una fábrica, en una obra o detrás de un mostrador. Utilizar ese término para justificar el traslado de un familiar en el avión presidencial, en un viaje que incluyó hoteles de lujo y una amplia comitiva oficial, no hace más que reforzar la percepción de una dirigencia cada vez más desconectada de la realidad cotidiana.
Adorni insistió en que su esposa pagó sus propios gastos y que el Estado no desembolsó dinero por ella. Incluso sostuvo que él mismo se paga sus viáticos. Pero la cuestión de fondo no se limita al costo directo de un pasaje. El avión presidencial es un recurso del Estado destinado a funciones oficiales, no un medio de transporte disponible para extender invitaciones personales.
La controversia se amplificó cuando se conoció también que el jefe de Gabinete había viajado previamente a Punta del Este con su esposa y sus hijos en un vuelo privado. Ante esa información, difundida por el portal ElDiario.Ar y mencionada días antes por el periodista Carlos Pagni, Adorni evitó profundizar en detalles y se refugió en la idea de la vida privada. “Fui a Punta del Este, pero yo no hablo sobre mi vida privada”, respondió.
Mientras tanto, la comitiva que acompañó al Presidente en Nueva York distó de ser austera. Aunque el Gobierno suele destacar que Milei viaja con equipos reducidos, el listado oficial incluyó al menos 18 funcionarios de distintos rangos, además de asesores, personal de comunicación, seguridad y equipos técnicos.
Entre los funcionarios presentes estuvieron el canciller Pablo Quirno, el ministro de Economía Luis Caputo, su viceministro José Luis Daza, el secretario de Energía Daniel González Casartelli, el presidente del Banco Central Santiago Bausili, el ministro de Salud Mario Lugones y el ministro de Desregulación Federico Sturzenegger. También participaron el presidente de YPF, Horacio Marín, el secretario de Comunicación Javier Lanari, el director de Comunicación Digital Juan Pablo Carreira y el secretario de Relaciones Internacionales Económicas Fernando Brun, entre otros.
A ese grupo se sumaron representantes de empresas con participación estatal, autoridades de organismos públicos y equipos de comunicación. En paralelo, once gobernadores viajaron a participar del evento, con gastos cubiertos por el Consejo Federal de Inversiones.
El despliegue también quedó reflejado en los lugares de alojamiento. El presidente Milei, su hermana Karina y Adorni se hospedaron en el Langham Hotel, un establecimiento cinco estrellas de la Quinta Avenida donde las habitaciones pueden oscilar entre los 700 y los 1500 dólares por noche. Otros funcionarios se alojaron en hoteles de alto nivel como el Lotte Palace Hotel y el Intercontinental Barclays.
Desde el Gobierno sostienen que el objetivo del viaje fue atraer inversiones en el marco del Argentina Week y que parte de los funcionarios o representantes de empresas estatales pagaron sus propios gastos. Sin embargo, la polémica vuelve a instalar una pregunta incómoda: hasta qué punto la prédica permanente sobre el ajuste y el sacrificio se sostiene cuando se contrasta con el uso de privilegios que sólo existen dentro del Estado.
Porque el verdadero problema no es una fotografía en un avión ni un pasaje más en una lista de pasajeros. El problema es la coherencia. Y en un gobierno que ha hecho del discurso contra los privilegios su principal bandera política, cada gesto que contradice esa narrativa pesa mucho más que cualquier explicación posterior.

