Una frase puede ser suficiente para desnudar un problema profundo. “Los 15 del centro vamos; los otros 15 marroncitos de los suburbios no están invitados”. La expresión, atribuida a una convocatoria entre estudiantes para una celebración del Último Primer Día (UPD), no es solamente un comentario desafortunado entre adolescentes. Es el reflejo crudo de una forma de pensar que se viene naturalizando en distintos niveles de la sociedad.
Cuando jóvenes en edad escolar reproducen ese tipo de clasificación —los del centro por un lado, los “marroncitos” de los suburbios por otro— la pregunta ya no debería limitarse a quién escribió la frase. La pregunta inevitable es otra: ¿qué están aprendiendo en la escuela y, sobre todo, qué están aprendiendo de los adultos que deberían educarlos?
Esto ocurrio en un reconocido colegio de Resistencia, hace pocas horas, en la organizacion de una fiesta de 5to. año, para una celebración del Último Primer Día (UPD), y el comentario se escribio en el grupo de Whatsap de ese curso.
La escuela pública argentina fue históricamente concebida como un espacio de integración social. Durante décadas se repitió como un valor central que en las aulas convivieran estudiantes de distintos orígenes sociales, culturales y económicos. Esa idea no era casual: buscaba precisamente construir comunidad y romper con las barreras sociales que separan a los sectores de una misma sociedad.
Sin embargo, en los últimos años el discurso público parece ir en dirección contraria. Desde distintos ámbitos se volvió habitual escuchar expresiones que estigmatizan, que clasifican a las personas por su origen social o territorial, que convierten la desigualdad en una supuesta diferencia de mérito.
Cuando desde la máxima conducción política del país se instala permanentemente un lenguaje de confrontación, desprecio o descalificación hacia quienes piensan distinto o pertenecen a otros sectores sociales, el efecto no queda encerrado en la política. Ese clima termina filtrándose en la sociedad y, inevitablemente, llega a los más jóvenes.
El presidente Javier Milei ha construido buena parte de su discurso público sobre la base de la confrontación, la descalificación y la idea de que el individualismo extremo debe reemplazar a cualquier noción de comunidad. En ese marco, conceptos como solidaridad, inclusión o integración social pasan a ser presentados casi como debilidades, cuando en realidad son pilares de cualquier sociedad democrática.
Los adolescentes observan, escuchan y aprenden. No solo de sus docentes o de sus familias, sino también de lo que ven en la televisión, en las redes sociales y en la política. Cuando el mensaje dominante premia el egoísmo, la competencia feroz y el desprecio por el otro, el resultado no debería sorprender.
Pero tampoco puede el sistema educativo mirar hacia otro lado. La educación provincial y la educación nacional tienen una responsabilidad central en la formación de valores democráticos. No alcanza con enseñar contenidos curriculares si en las aulas no se trabaja activamente contra la discriminación, el clasismo y el racismo cotidiano que muchas veces se disfraza de chiste o de simple comentario.
Porque detrás de frases como “los del centro” y “los marroncitos de los suburbios” hay una lógica profundamente desigual: la idea de que algunos valen más que otros por el lugar donde viven, por su origen social o por su apariencia.
La escuela debería ser precisamente el lugar donde esas ideas se cuestionen y se desmonten. No el espacio donde se reproduzcan.
Cuando la discriminación aparece en una convocatoria estudiantil, el problema no es solo el error de un grupo de jóvenes. Es el síntoma de una sociedad que, en lugar de enseñar convivencia, parece estar enseñando a dividirse cada vez más.
Y cuando la política, la dirigencia y buena parte del debate público legitiman el desprecio por el otro, el mensaje que reciben los más jóvenes es claro: en lugar de construir comunidad, cada uno debe salvarse solo.
Ese es, quizás, el aprendizaje más peligroso de todos. Porque una sociedad que deja de pensarse como comunidad termina perdiendo algo mucho más importante que la cortesía: pierde la capacidad de convivir.

