La frase “Miente, miente, que algo queda” parece haberse convertido en un manual de estilo para el vocero presidencial Manuel Adorni. En plena campaña hacia las legislativas bonaerenses del 7 de septiembre, protagonizó la difusión de un video adulterado que buscó desacreditar al gobernador Axel Kicillof. Pese a la evidente manipulación, Adorni lo publicó en su cuenta de X, y poco después el presidente Javier Milei lo replicó, multiplicando su alcance. El fragmento modificado hacía decir al gobernador algo que jamás respondió, pero su circulación masiva ya había hecho el trabajo.
No es la primera vez que el vocero queda atrapado en el fango de la mentira. En 2023, durante una conferencia de prensa, mostró la radiografía de un perro asegurando que con ese estudio un hombre había obtenido una pensión por invalidez. La afirmación fue desmentida de inmediato por el entonces titular de la Agencia Nacional de Discapacidad, quien demostró que el caso jamás existió.
Su ascenso mediático lo llevó a encabezar en mayo la lista violeta en las elecciones legislativas locales, otra contienda en la que el uso de noticias falsas volvió a marcar el ritmo. Pocas horas antes de los comicios circuló un video apócrifo de Mauricio Macri retirando la candidatura de Silvia Lospennato. Aunque el material se vinculó a un streamer oficialista cercano al espacio libertario, Adorni lo relativizó, escudándose en que “todos los candidatos son víctimas de fake news”.
El aparato que sostiene esta maquinaria no es menor. A fines de 2024, la oficina de Adorni contaba con 208 empleados, más otros 60 en la llamada “usina”, dedicada a monitorear medios, desgrabar discursos y producir material, verdadero o no, para la Casa Rosada. Se trata de una estructura inédita para un vocero presidencial en la Argentina.
En paralelo, Adorni conduce “Fake 7,8”, un streaming que parodia al programa oficialista “6,7,8” y que busca, irónicamente, “desmentir” noticias falsas sobre el gobierno. El programa se emite desde la Casa Rosada y ha reemplazado, en los hechos, a las conferencias de prensa diarias prometidas al inicio de la gestión. Hoy, esos encuentros con periodistas ocurren apenas un par de veces al mes, y en los días previos a una elección se intensifican, transformándose en un espacio de campaña más que de rendición de cuentas.
El estilo del vocero combina chicanas, desvíos y frases banales para evadir respuestas concretas. La anécdota más comentada fue tras un debate televisivo, cuando se excusó de hablar con la prensa alegando que “había dejado descongelando la heladera”. La relación con los periodistas acreditados se ha ido tensando, en buena medida por su tendencia a desacreditar públicamente a quienes lo cuestionan.
La difusión del video manipulado contra Kicillof confirma un patrón: la mentira no es un accidente, sino un recurso recurrente desde la vocería presidencial. Y cuando la falsedad se instala como estrategia de comunicación desde el corazón del poder, ya no se trata solo de una campaña sucia, sino de un deterioro deliberado del debate democrático.
Fuente: La Nación

