En la Argentina del ajuste perpetuo y las licitaciones prolijas, el Banco Nación acaba de firmar un contrato por casi $4.000 millones con Tech Security SRL, una empresa de seguridad privada que —casualmente— hasta hace muy poco contaba entre sus socios a Martín Menem, actual presidente de la Cámara de Diputados. Hoy, según juran desde su entorno, él ya no figura como accionista. Desde diciembre pasado, la firma quedó en manos de su hermano. Nada ilegal, claro. Solo… ¿casualidad?
La contratación se oficializó en el Boletín Oficial el 4 de julio. Tech Security fue elegida para custodiar, durante 24 meses, las principales sedes del banco estatal: su casa central, el edificio Maipú, la sede de funcionarios, la sucursal en Aeroparque y otros edificios. El contrato prevé dos renovaciones automáticas por 12 meses cada una, con lo cual el desembolso podría duplicarse. La seguridad no se toma vacaciones.
Lo irónico, y por momentos tragicómico, es que esta generosa adjudicación se firma mientras el Banco Nación atraviesa una política de “reordenamiento” que ya implicó el cierre de 60 sucursales en todo el país, con el argumento de ahorrar mil millones de pesos. Es decir, mientras se despiden empleados, se reduce la atención al público y se ajusta hasta el papel higiénico, se firman contratos de vigilancia por cuatro veces ese monto. Las prioridades están claras.
Tech Security no es una ignota recién llegada. Fundada en 2005 y con 500 empleados, tiene entre sus clientes a River, Racing, la AFA, la Biblioteca Nacional, Belgrano Cargas y algunos municipios. Ingresaron los Menem como socios en 2014 y, desde entonces, fue una carrera en ascenso. Martín Menem figuraba como accionista junto a sus hermanos Adrián y Fernando hasta el 6 de diciembre de 2023, cuando —según documentación notarial— transfirió su participación a uno de ellos, apenas días antes de asumir su banca y su presidencia en Diputados.
Desde su entorno se apuraron a despegarlo: “No tiene nada que ver. Se fue de la empresa”. Y efectivamente, el papel dice que ya no está. Pero las coincidencias —el cambio de manos días antes de asumir, la licitación ganada por el banco estatal que ahora se quiere privatizar, el millonario contrato en plena era del recorte— invitan a pensar si la frontera entre lo público y lo privado no se ha vuelto tan borrosa como conveniente.
Mientras tanto, Milei insiste con convertir al Banco Nación en una sociedad anónima y dejarlo listo, prolijo y desmalezado para su venta. La Justicia le frenó ese intento, por ahora. Pero mientras el Presidente pierde pulseadas en los tribunales, la familia de uno de sus más cercanos aliados gana licitaciones en los despachos administrativos. En la Argentina libertaria, los negocios de familia siguen más vivos que nunca. Aunque —por supuesto— “ya no tenga nada que ver”.

