En un nuevo episodio que agrava aún más la crisis humanitaria en la Franja de Gaza, el Ejército israelí bombardeó la parroquia de la Sagrada Familia, el único templo católico en todo el enclave palestino. El ataque dejó un saldo preliminar de cuatro personas muertas y siete heridas, entre ellas el sacerdote argentino Gabriel Romanelli, párroco de esa comunidad desde hace años.
Romanelli, quien mantenía un contacto cotidiano con el papa Francisco desde el inicio de la invasión israelí en octubre de 2023, fue alcanzado por la metralla del ataque que impactó en el complejo religioso. La información fue confirmada por el cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, a través de un comunicado a la agencia de noticias de la Conferencia Episcopal italiana, SIR.
El papa León XIV expresó su "profunda tristeza" por el ataque y renovó su llamado urgente a un alto el fuego inmediato. En un telegrama firmado por el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, el pontífice aseguró al padre Romanelli y a toda la comunidad cristiana de Gaza su "cercanía espiritual", reiterando su esperanza en el diálogo, la reconciliación y la paz en la región.
La iglesia de la Sagrada Familia había sido blanco de un ataque previo en diciembre de 2023, cuando un francotirador israelí asesinó a una madre y su hija dentro del templo. A pesar de ese antecedente, y de las numerosas advertencias sobre la presencia de más de 500 cristianos desplazados refugiados en ese edificio, el bombardeo de esta semana representa la primera vez que Israel ataca directamente esa estructura religiosa con misiles.
El Ejército israelí reconoció el hecho en un escueto comunicado donde expresó que "lamenta los daños causados" y anunció que “se están analizando las circunstancias del incidente”. Sin embargo, esta declaración no contiene ninguna admisión de responsabilidad ni ofrece garantías de no repetición, en una línea ya habitual de ambigüedad oficial frente a acusaciones de violaciones al derecho internacional humanitario.
Desde Italia, uno de los aliados europeos más cercanos a Israel, las reacciones fueron inusualmente duras. La primera ministra Giorgia Meloni calificó el bombardeo como “inaceptable” y subrayó que "ninguna acción militar puede justificar tal actitud". Su canciller, Antonio Tajani, también fue enfático al señalar que “los ataques del Ejército israelí contra la población civil ya no son admisibles”, y calificó el bombardeo como “un acto grave contra un lugar de culto cristiano”.
Mientras tanto, el templo atacado sigue acogiendo a centenares de cristianos que se resisten a evacuar Gaza, muchos de ellos ancianos, mujeres y niños. La parroquia católica había sido uno de los pocos espacios de contención frente al asedio permanente, el colapso del sistema sanitario y la falta total de servicios básicos en la Franja.
La agresión contra la Iglesia de la Sagrada Familia no solo representa una tragedia humanitaria, sino también una provocación simbólica de enorme gravedad. A pesar de las advertencias del Vaticano y las súplicas de la comunidad cristiana local, Israel continúa su ofensiva sin discriminar entre objetivos militares y civiles, violando principios fundamentales del derecho internacional.
En el marco de una campaña militar que ha dejado más de 35 mil muertos en Gaza, la mayoría de ellos civiles según organismos humanitarios, el bombardeo de esta parroquia católica refuerza las crecientes denuncias de crímenes de guerra y sistemática violación a los derechos humanos por parte del Estado de Israel. El silencio de gran parte de la comunidad internacional, sin embargo, persiste como un aval implícito a esta política de exterminio.
La herida abierta en Gaza no es solo material. La destrucción de templos, escuelas, hospitales y viviendas ha alcanzado también símbolos espirituales y culturales. El ataque a la Sagrada Familia es un recordatorio de que en esta guerra no hay santuario seguro, y que la indiferencia global ante estas atrocidades solo agrava el sufrimiento de los pueblos oprimidos.
Fuente: Pagina12

