A lo largo de la historia argentina, el peronismo fue mucho más que un movimiento político. Se constituyó en una identidad cultural, un horizonte ético y una forma concreta de interpretar la justicia social. Aunque a primera vista puedan parecer mundos separados, existen fuertes puntos de contacto entre la prédica de Jesús de Nazaret y los fundamentos doctrinarios del peronismo clásico, especialmente en lo referido al amor al prójimo, el compromiso con los más humildes y la centralidad de la comunidad por sobre el individualismo.
Jesús predicó que "todo lo que hagan por uno de estos hermanos míos más pequeños, por mí lo habrán hecho". El peronismo, desde su origen, se definió como un movimiento que vino a poner en el centro de la política a “los más humildes”, a los trabajadores, a los postergados. La famosa frase de Perón —“gobernar es dar trabajo”— resuena con la ética cristiana del pan compartido y la dignidad de cada ser humano.
El mensaje evangélico del amor al prójimo no se limitaba al sentimiento; era un llamado a la acción concreta: dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, visitar al enfermo. Del mismo modo, el peronismo histórico no habló de la pobreza desde la teoría, sino que impulsó políticas concretas de redistribución del ingreso, pleno empleo, acceso a la salud, vivienda digna y educación pública. Eva Perón no solo promovía la caridad cristiana, sino la justicia social como forma superior de amor al otro: no como limosna, sino como restitución de derechos.
Ambos discursos —el de Jesús y el del peronismo— interpelan directamente a los poderosos. Jesús volcó las mesas de los mercaderes en el templo y dijo que era más difícil que un rico entre al Reino de los Cielos que un camello pase por el ojo de una aguja. En esa misma línea, el peronismo denunció desde sus orígenes a las oligarquías que acaparaban la riqueza del país y condenó la especulación financiera y el egoísmo de clase como enemigos del bien común.
La comunidad organizada que propone el peronismo también encuentra eco en las primeras comunidades cristianas descritas en los Hechos de los Apóstoles, donde “nadie consideraba suyo nada de lo que poseía, sino que todo lo tenían en común” y “no había entre ellos ningún necesitado”. La organización social solidaria, donde cada uno contribuía según sus capacidades y recibía según sus necesidades, fue —y sigue siendo— un modelo que inspira tanto desde lo espiritual como desde lo político.
Claro que hay diferencias. El mensaje de Jesús no construyó un proyecto político en términos clásicos, ni se inscribió en un Estado. El peronismo, en cambio, ejerció el poder, gestionó, cometió errores, enfrentó contradicciones. Pero aún así, la raíz ética que ambos comparten —la opción preferencial por los humildes, el rechazo al egoísmo como principio social, la esperanza de una comunidad fraterna— permite pensar que el cristianismo primitivo y el peronismo original fueron, cada uno a su modo, expresiones concretas del mismo deseo de justicia.
No es casual que tantos curas villeros, catequistas, trabajadores sociales y militantes populares se reconozcan tanto en la cruz como en la marcha. Para muchos sectores del pueblo, no existe contradicción entre rezar un padrenuestro y cantar “los únicos privilegiados son los niños”. Lo que une ambas visiones es una idea tan sencilla como poderosa: nadie se salva solo.

